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11 de marzo

Mañana

Romanos 7:13«pecado sobremanera pecante»

Guárdate de los pensamientos ligeros acerca del pecado. En el tiempo de la conversión, la conciencia es tan tierna que tenemos miedo del más leve pecado. Los recién convertidos tienen una santa timidez, un temor piadoso de ofender a Dios. Pero, ¡ay!, muy pronto el trato áspero del mundo que los rodea quita la flor delicada de estos primeros frutos maduros: la planta sensitiva de la piedad joven se vuelve, en la vida posterior, un sauce, demasiado flexible, demasiado fácil de doblar. Es tristemente cierto que aun un cristiano puede, por grados, volverse tan encallecido, que el pecado que una vez lo sobresaltó ya no lo alarma en lo más mínimo. Por grados los hombres se familiarizan con el pecado. El oído en el que ha estado retumbando el cañón no advertirá los sonidos leves. Al principio un pecado pequeño nos sobresalta; pero pronto decimos: «¿no es ella pequeña?» Luego viene otro, mayor, y luego otro, hasta que por grados empezamos a tener el pecado por solo un mal pequeño; y entonces sigue una presunción impía: «No hemos caído en pecado abierto. Cierto, tropezamos un poco, pero en lo principal seguimos en pie. Acaso hayamos dicho una palabra impía, pero en cuanto a lo más de nuestra conducta, ha sido consecuente.» Así paliamos el pecado; le echamos un manto encima; lo llamamos con nombres delicados. Cristiano, mira cómo piensas con ligereza del pecado. Cuídate, no sea que caigas poco a poco. ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No es un veneno? ¿Quién conoce lo mortífero que es? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¿No echan a perder las uvas las zorras pequeñas? ¿No edifica el diminuto insecto del coral una roca que hace naufragar una armada? ¿No derriban los golpes pequeños los robles altos? ¿No desgastan las piedras las gotas continuas? ¿El pecado, una cosa pequeña? ¡Ciñó de espinas la cabeza del Redentor, y le traspasó el corazón! Lo hizo padecer angustia, amargura y aflicción. Si pudieras pesar el menor pecado en la balanza de la eternidad, huirías de él como de una serpiente, y aborrecerías la menor apariencia de mal. Mira todo pecado como aquello que crucificó al Salvador, y lo verás «pecado sobremanera pecante».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 62:12«á ti te llamarán Ciudad Buscada»

La gracia sobrepujante de Dios se ve con toda claridad en que no solo fuimos buscados, sino rebuscados. Los hombres buscan una cosa que se ha perdido en el suelo de la casa, pero en tal caso solo hay búsqueda, no rebusca. La pérdida es más desconcertante, y la búsqueda más perseverante, cuando una cosa ha de ser rebuscada. Estábamos mezclados con el cieno: éramos como cuando una pieza preciosa de oro cae en la cloaca, y los hombres recogen e inspeccionan con cuidado una masa de inmundicia abominable, y siguen revolviendo y rastrillando, y buscando en el montón, hasta que el tesoro es hallado. O, por usar otra figura, estábamos perdidos en un laberinto; vagábamos de aquí para allá, y cuando la misericordia vino tras nosotros con el evangelio, no nos halló la primera vez que vino; tuvo que buscarnos y rebuscarnos; porque nosotros, como ovejas perdidas, estábamos tan desesperadamente perdidos, y habíamos vagado hasta una tierra tan extraña, que no parecía posible que ni el Buen Pastor rastreara nuestros extravíos tortuosos. ¡Gloria a la gracia inconquistable: fuimos rebuscados! Ninguna tiniebla pudo escondernos, ninguna inmundicia pudo ocultarnos; fuimos hallados y traídos a casa. ¡Gloria al amor infinito: Dios el Espíritu Santo nos restauró!

Las vidas de algunos del pueblo de Dios, si se pudieran escribir, nos llenarían de santo asombro. Extraños y maravillosos son los caminos que Dios usó en el caso de ellos para hallar a los suyos. Bendito sea su nombre: nunca abandona la búsqueda hasta que los escogidos son rebuscados con eficacia. No son un pueblo buscado hoy y desechado mañana. La omnipotencia y la sabiduría, juntas, no tendrán fracasos; se les llamará «Ciudad Buscada». Que alguien sea rebuscado es gracia sin igual, pero ¡que nosotros seamos rebuscados es gracia sobre toda medida! No hallamos razón para ello sino el amor soberano del propio Dios, y solo podemos alzar el corazón en asombro, y alabar al Señor porque esta noche llevamos el nombre de «Ciudad Buscada».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde