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8 de marzo

Mañana

Hechos 14:22«es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.»

El pueblo de Dios tiene sus pruebas. Nunca fue designio de Dios, cuando escogió a su pueblo, que este fuera un pueblo no probado. Fueron escogidos en el horno de la aflicción; nunca fueron escogidos para la paz mundana y el gozo terrenal. Nunca se les prometió estar libres de la enfermedad y de los dolores de la mortalidad; pero cuando su Señor redactó la carta de los privilegios, incluyó los castigos entre las cosas de las cuales, inevitablemente, habían de ser herederos. Las pruebas son parte de nuestra suerte; fueron predestinadas para nosotros en el último legado de Cristo. Tan cierto como que las estrellas son formadas por sus manos, y sus órbitas fijadas por él, así de cierto nos son repartidas nuestras pruebas: él ha ordenado su tiempo y su lugar, su intensidad y el efecto que han de producir en nosotros. Los hombres buenos nunca deben esperar escapar de los trabajos; si lo esperan, saldrán defraudados, porque ninguno de sus predecesores ha estado sin ellos. Mira la paciencia de Job; acuérdate de Abraham, pues él tuvo sus pruebas, y por su fe bajo ellas vino a ser el «Padre de los fieles». Fíjate bien en las biografías de todos los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires, y no descubrirás a ninguno de aquellos a quienes Dios hizo vasos de misericordia que no haya sido hecho pasar por el fuego de la aflicción. Está ordenado desde antiguo que la cruz del trabajo se grabe en todo vaso de misericordia, como la marca real con que se distinguen los vasos de honra del Rey. Pero aunque la tribulación es así la senda de los hijos de Dios, tienen el consuelo de saber que su Maestro la recorrió antes que ellos; tienen su presencia y su simpatía para animarlos, su gracia para sostenerlos y su ejemplo para enseñarles cómo soportar; y cuando alcancen «el reino», ello compensará con creces las «muchas tribulaciones» por las cuales pasaron para entrar en él.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Génesis 35:18«llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín.»

En todo asunto hay un lado luminoso lo mismo que uno oscuro. Raquel estaba abrumada por el dolor de su propio parto y de su muerte; Jacob, aunque lloraba la pérdida de la madre, podía ver la misericordia del nacimiento del niño. Bien nos va si, mientras la carne se lamenta por las pruebas, nuestra fe triunfa en la fidelidad divina. El león de Sansón dio miel, y así la darán nuestras adversidades, si se consideran como es debido. El mar tormentoso alimenta a muchedumbres con sus peces; el bosque silvestre florece con hermosas florecillas; el viento tempestuoso barre la pestilencia, y la helada que muerde afloja la tierra. Las nubes oscuras destilan gotas brillantes, y la tierra negra cría flores alegres. En toda mina de mal se halla una veta de bien. Los corazones tristes tienen una destreza peculiar para descubrir el punto de vista más desventajoso desde el cual mirar una prueba; si no hubiera en el mundo más que un lodazal, pronto estarían metidos en él hasta el cuello, y si no hubiera en el desierto más que un león, lo oirían rugir. En todos nosotros hay un tinte de esta miserable locura, y somos propensos, a veces, como Jacob, a clamar: «contra mí son todas estas cosas.» El modo de andar de la fe es echar todo cuidado sobre el Señor, y anticipar luego buenos resultados de las peores calamidades. Como los hombres de Gedeón, ella no se aflige por el cántaro quebrado, sino que se goza de que la tea resplandezca aún más. De la áspera concha de ostra de la dificultad extrae la rara perla de la honra, y de las hondas cuevas del océano de la angustia alza el coral sin precio de la experiencia. Cuando refluye la marea de su prosperidad, halla tesoros escondidos en la arena; y cuando se pone su sol de deleite, vuelve el telescopio de su esperanza hacia las promesas estrelladas del cielo. Cuando la muerte misma aparece, la fe señala la luz de la resurrección más allá del sepulcro, y así hace de nuestro Benoni moribundo nuestro Benjamín viviente.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde