‹ Devocional

6 de marzo

Mañana

Juan 3:7«Os es necesario nacer otra vez.»

La regeneración es un asunto que está en la base misma de la salvación, y hemos de ser muy diligentes en cuidar de que de veras hayamos «nacido otra vez», porque hay muchos que se figuran que lo han sido, y no lo son. Ten por seguro que el nombre de cristiano no es la naturaleza de un cristiano; y que haber nacido en tierra cristiana, y ser reconocido como quien profesa la religión cristiana, de nada sirve en absoluto, a menos que se le añada algo más, el haber «nacido otra vez», el cual es asunto tan misterioso, que las palabras humanas no pueden describirlo. «El viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni á dónde vaya: así es todo aquel que es nacido del Espíritu.» Sin embargo, es un cambio conocido y sentido: conocido por obras de santidad, y sentido por una experiencia de gracia. Esta gran obra es sobrenatural. No es una operación que el hombre realice para sí mismo: se infunde un principio nuevo, que obra en el corazón, renueva el alma y afecta al hombre entero. No es un cambio de mi nombre, sino una renovación de mi naturaleza, de modo que ya no soy el hombre que solía ser, sino un hombre nuevo en Cristo Jesús. Lavar y vestir un cadáver es cosa muy distinta de hacerlo vivir: el hombre puede hacer lo uno; solo Dios puede hacer lo otro. Si, pues, has «nacido otra vez», tu reconocimiento será: «Oh Señor Jesús, Padre eterno, tú eres mi Progenitor espiritual; si tu Espíritu no hubiera soplado en mí el aliento de una vida nueva, santa y espiritual, hasta este día habría estado muerto en mis delitos y pecados. Mi vida celestial procede por entero de ti; a ti te la atribuyo.» «Mi vida está escondida con Cristo en Dios.» «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.» Que el Señor nos conceda estar bien seguros en este punto vital, porque no estar regenerado es no estar salvo, no estar perdonado, estar sin Dios y sin esperanza.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Proverbios 18:12«Antes del quebrantamiento se eleva el corazón del hombre»

Es un dicho antiguo y común que «los acontecimientos que vienen arrojan delante de sí su sombra»; el sabio nos enseña que un corazón altivo es el preludio profético del mal. El orgullo es señal de destrucción tan segura como el cambio del mercurio en el barómetro es señal de lluvia; y de un modo mucho más infalible que aquella. Cuando los hombres han montado a caballo bien alto, la destrucción siempre los ha alcanzado. Que el corazón dolorido de David muestre que hay eclipse de la gloria de un hombre cuando se enamora de su propia grandeza. 2 Samuel 24:10. Mira a Nabucodonosor, el poderoso constructor de Babilonia, arrastrándose por la tierra, devorando hierba como los bueyes, hasta que sus uñas hubieron crecido como garras de ave, y su pelo como plumas de águila. Daniel 4:33. El orgullo hizo del jactancioso una bestia, como ya antes había hecho de un ángel un diablo. Dios aborrece las miradas altivas, y nunca deja de abatirlas. Todas las saetas de Dios apuntan a los corazones orgullosos. Oh cristiano, ¿está altivo tu corazón esta tarde? Porque el orgullo puede entrar en el corazón del cristiano tanto como en el del pecador; puede engañarlo hasta hacerle soñar que «Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa». ¿Te glorías en tus gracias o en tus talentos? ¿Estás orgulloso de ti mismo, de haber tenido disposiciones santas y experiencias dulces? Advierte, lector: también a ti te viene una destrucción. Tus amapolas ostentosas de engreimiento serán arrancadas de raíz, tus gracias de hongo se marchitarán en el calor abrasador, y tu autosuficiencia vendrá a ser como paja para el muladar. Si olvidamos vivir al pie de la cruz en la más profunda humildad de espíritu, Dios no olvidará hacernos escocer bajo su vara. Una destrucción vendrá a ti, oh creyente exaltado más de lo justo: la destrucción de tus gozos y de tus consuelos, aunque no puede haber destrucción de tu alma. Por tanto, «El que se gloría, gloríese en el Señor.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde