29 de febrero
Mañana
Jeremías 31:3«te soporté con misericordia»Los truenos de la ley y los terrores del juicio se emplean todos para traernos a Cristo; pero la victoria final la efectúa la misericordia. [N. del T.: la RV1909 dice «te soporté con misericordia»; Spurgeon sigue la KJV, «con misericordia te he atraído».] El hijo pródigo se puso en camino hacia la casa de su padre por un sentido de necesidad; pero su padre lo vio desde lejos, y corrió a su encuentro; de modo que los últimos pasos que dio hacia la casa de su padre los dio con el beso todavía caliente en la mejilla, y la bienvenida todavía musical en los oídos.
La ley y los terrores no hacen sino endurecer todo el tiempo que obran solos; mas el sentido del perdón comprado con sangre disolverá un corazón de piedra.
El Maestro vino una noche a la puerta, y llamó con la mano de hierro de la ley; la puerta se sacudió y tembló sobre sus goznes; pero el hombre amontonó contra la puerta todos los muebles que pudo hallar, porque dijo: «No admitiré a ese hombre.» El Maestro se apartó, pero al poco volvió, y con su propia mano suave, valiéndose sobre todo de aquella parte por donde el clavo había penetrado, llamó otra vez: ¡oh, tan suave y tiernamente! Esta vez la puerta no se sacudió, sino que, cosa extraña, se abrió, y allí, de rodillas, se halló al anfitrión antes renuente, gozoso de recibir a su huésped. «Entra, entra; de tal modo has llamado que se me conmueven las entrañas por ti. No podía pensar en que tu mano traspasada dejara su marca de sangre en mi puerta, y en que te fueras sin hogar, con tu cabeza llena de rocío y tus cabellos de las gotas de la noche. Cedo, cedo; tu amor ha ganado mi corazón.» Así, en todos los casos, la misericordia gana la jornada. Lo que Moisés con las tablas de piedra nunca pudo hacer, Cristo lo hace con su mano traspasada. Tal es la doctrina del llamamiento eficaz. ¿Lo entiendo por experiencia? ¿Puedo decir: «Él me atrajo, y seguí en pos, gozoso de confesar la voz divina»? Si es así, que él siga atrayéndome, hasta que al fin me siente a la cena de las bodas del Cordero.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
1 Corintios 2:12«hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado»Querido lector, ¿has recibido el espíritu que es de Dios, obrado en tu alma por el Espíritu Santo? La necesidad de la obra del Espíritu Santo en el corazón se ve con claridad por este hecho: que todo lo que ha sido hecho por Dios Padre y por Dios Hijo ha de sernos ineficaz, a menos que el Espíritu revele estas cosas a nuestras almas. ¿Qué efecto tiene la doctrina de la elección sobre hombre alguno, hasta que el Espíritu de Dios entra en él? La elección es letra muerta en mi conciencia hasta que el Espíritu de Dios me llama de las tinieblas a la luz admirable. Entonces, por medio de mi llamamiento, veo mi elección; y, sabiéndome llamado de Dios, sé que fui escogido en el propósito eterno. Un pacto fue hecho con el Señor Jesucristo por su Padre; pero ¿de qué nos aprovecha ese pacto hasta que el Espíritu Santo nos trae sus bendiciones y abre nuestros corazones para recibirlas? Allí cuelgan las bendiciones del clavo —Cristo Jesús—; pero, siendo de baja estatura, no podemos alcanzarlas; el Espíritu de Dios las descolga y nos las pone en la mano, y así llegan a ser de veras nuestras. Las bendiciones del pacto, en sí mismas, son como el maná en los cielos, muy fuera del alcance de los mortales; pero el Espíritu de Dios abre las ventanas del cielo y esparce el pan vivo en torno al campamento del Israel espiritual. La obra consumada de Cristo es como vino guardado en el lagar; por la incredulidad no podemos ni sacarlo ni beberlo. El Espíritu Santo sumerge nuestro vaso en este vino precioso, y entonces bebemos; pero sin el Espíritu estamos tan verdaderamente muertos en pecado como si el Padre nunca hubiera elegido, y como si el Hijo nunca nos hubiera comprado con su sangre. El Espíritu Santo es absolutamente necesario para nuestro bienestar. Andemos con amor hacia él, y temblemos ante el pensamiento de contristarlo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde