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1 de marzo

Mañana

Cantares 4:16«Levántate, Aquilón, y ven, Austro: sopla mi huerto, despréndanse sus aromas.»

Cualquier cosa es mejor que la calma muerta de la indiferencia. Nuestras almas pueden desear con sabiduría el Aquilón de la tribulación, si solo él puede ser santificado para hacer brotar el perfume de nuestras gracias. Mientras no pueda decirse «Jehová no estaba en el viento», no retrocederemos ante el soplo más invernal que jamás haya soplado sobre las plantas de la gracia. ¿No se sometió la esposa, en este versículo, con humildad a las reprensiones de su Amado, rogándole tan solo que enviara su gracia en alguna forma, y sin poner condición alguna en cuanto al modo peculiar en que hubiera de venir? ¿No se cansó ella, como nosotros, tan por completo del estado de muerte y de la calma impía, que suspiró por cualquier visitación que la reanimara para la acción? Con todo, desea también el cálido Austro del consuelo, las sonrisas del amor divino, el gozo de la presencia del Redentor; estos suelen ser de una eficacia poderosa para despertar nuestra vida perezosa. Desea lo uno o lo otro, o ambos, con tal de poder deleitar a su Amado con los aromas de su huerto. Ella no puede soportar ser infructuosa, ni nosotros tampoco. ¡Qué pensamiento tan alentador, que Jesús pueda hallar consuelo en nuestras pobres y débiles gracias! ¿Puede ser? Parece demasiado bueno para ser verdad. Bien podemos anhelar la prueba, y aun la muerte misma, si con ello se nos ayuda a alegrar el corazón de Emanuel. ¡Oh, que nuestro corazón fuera deshecho en átomos, si tan solo con tal quebranto pudiera ser glorificado nuestro dulce Señor Jesús! Las gracias sin ejercicio son como dulces perfumes que dormitan en el cáliz de las flores: la sabiduría del gran Labrador dispone soberanamente de causas diversas y opuestas para producir el único resultado deseado, y hace que tanto la aflicción como el consuelo saquen los aromas gratos de la fe, el amor, la paciencia, la esperanza, la resignación, el gozo y las demás hermosas flores del huerto. Que lleguemos a conocer, por dulce experiencia, lo que esto significa.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

1 Pedro 2:7«[Ella] es pues honor á vosotros que creéis»

Como todos los ríos corren al mar, así todos los deleites se centran en nuestro Amado. Las miradas de sus ojos aventajan en resplandor al sol; las bellezas de su rostro son más hermosas que las flores más escogidas; ninguna fragancia se parece al aliento de su boca. Las gemas de la mina y las perlas del mar son cosas sin valor cuando se miden por su preciosidad. Pedro nos dice que Jesús es precioso [N. del T.: la RV1909 vierte «honor»; Spurgeon expone el «precioso» de la KJV.], pero no nos dijo, ni podía decirnos, cuán precioso es, ni ninguno de nosotros podría calcular el valor del don inefable de Dios. Las palabras no alcanzan a declarar la preciosidad del Señor Jesús para su pueblo, ni a decir por completo cuán esencial es para su satisfacción y su felicidad. Creyente, ¿no has hallado, en medio de la abundancia, un hambre dolorosa, si tu Señor ha estado ausente? El sol brillaba, pero Cristo se había escondido, y todo el mundo era negro para ti; o era de noche y, ausente la estrella resplandeciente, y de la mañana, ninguna otra estrella podía darte ni siquiera un rayo de luz. ¡Qué desierto aullador es este mundo sin nuestro Señor! Si una sola vez se esconde de nosotros, se marchitan las flores de nuestro huerto; se corrompen nuestros frutos agradables; las aves suspenden sus cantos, y una tempestad echa por tierra nuestras esperanzas. Ni todas las candelas de la tierra pueden hacer luz de día si el Sol de justicia está eclipsado. Él es el alma de nuestra alma, la luz de nuestra luz, la vida de nuestra vida. Amado lector, ¿qué harías en el mundo sin él, cuando despiertas y miras de frente la batalla del día? ¿Qué harías de noche, cuando llegas a casa agotado y cansado, si no hubiera una puerta de comunión entre tú y Cristo? Bendito sea su nombre: no permitirá que probemos nuestra suerte sin él, porque Jesús nunca desampara a los suyos. Con todo, deja que el pensamiento de lo que sería la vida sin él acreciente su preciosidad.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde