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26 de febrero

Mañana

Jonás 2:10«La salvación [pertenece] á Jehová»

La salvación es obra de Dios. Es él solo quien vivifica el alma «muerta en delitos y pecados», y es él también quien mantiene el alma en su vida espiritual. Él es a la vez «el Alpha y la Omega». «La salvación [pertenece] á Jehová». Si soy dado a la oración, es Dios quien me hace dado a la oración; si tengo gracias, son dones de Dios para mí; si persevero en una vida consecuente, es porque él me sostiene con su mano. Nada hago en absoluto para mi propia preservación, sino lo que Dios mismo hace primero en mí. Todo lo que tengo, toda mi bondad, es del Señor solamente. En lo que peco, eso es mío; pero en lo que obro rectamente, eso es de Dios, entera y completamente. Si he rechazado a un enemigo espiritual, la fuerza del Señor dio nervio a mi brazo. ¿Vivo delante de los hombres una vida consagrada? No soy yo, sino Cristo, quien vive en mí. ¿Estoy santificado? Yo no me limpié: el Espíritu Santo de Dios me santifica. ¿Estoy destetado del mundo? Estoy destetado por los castigos de Dios, santificados para mi bien. ¿Crezco en conocimiento? El gran Instructor me enseña. Todas mis joyas fueron labradas por arte celestial. En Dios hallo todo cuanto necesito; pero en mí mismo no hallo sino pecado y miseria. «El solamente es mi fuerte, y mi salud». ¿Me alimento de la Palabra? Esa Palabra no sería alimento para mí si el Señor no la hiciera alimento para mi alma, y no me ayudara a alimentarme de ella. ¿Vivo del maná que desciende del cielo? ¿Qué es ese maná sino Jesucristo mismo encarnado, cuyo cuerpo y cuya sangre como y bebo? ¿Recibo de continuo nuevo aumento de fuerza? ¿De dónde recojo mi poder? Mi socorro viene de los collados del cielo: sin Jesús nada puedo hacer. Como el pámpano no puede llevar fruto si no permanece en la vid, así tampoco yo, si no permanezco en él. Lo que Jonás aprendió en el gran abismo, que lo aprenda yo esta mañana en mi aposento: «La salvación [pertenece] á Jehová».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Levítico 13:13«si la lepra hubiere cubierto toda su carne, dará por limpio al llagado»

Harto extraña parece esta disposición; y, con todo, había sabiduría en ella, pues el que la enfermedad brotara hacia fuera probaba que la constitución estaba sana. Esta tarde bien puede convenirnos ver la enseñanza típica de una regla tan singular. También nosotros somos leprosos, y podemos leer la ley del leproso como aplicable a nosotros. Cuando un hombre se ve del todo perdido y arruinado, cubierto por entero con la inmundicia del pecado, y sin parte alguna libre de contaminación; cuando renuncia a toda justicia propia y se declara culpable ante el Señor, entonces es limpio por la sangre de Jesús y por la gracia de Dios. La iniquidad escondida, no sentida y no confesada es la verdadera lepra; pero cuando el pecado es visto y sentido, ha recibido su golpe de muerte, y el Señor mira con ojos de misericordia al alma afligida por él. Nada hay más mortífero que la justicia propia, ni más lleno de esperanza que la contrición. Hemos de confesar que somos «nada sino pecado», porque ninguna confesión que no llegue a esto será toda la verdad; y si el Espíritu Santo está obrando en nosotros, convenciéndonos de pecado, no habrá dificultad en hacer tal reconocimiento: brotará espontáneamente de nuestros labios. ¡Qué consuelo brinda el texto a los pecadores verdaderamente despertados: la misma circunstancia que tan gravemente los desalentaba se torna aquí en señal y síntoma de un estado esperanzador! El despojo viene antes del vestido; cavar el cimiento es lo primero al edificar; y un sentido cabal del pecado es una de las primeras obras de la gracia en el corazón. Oh, tú, pobre pecador leproso, del todo carente de un solo lugar sano, cobra ánimo con el texto, y ven tal como eres a Jesús:

Pues sean nuestras deudas cuales fueren, grandes o pequeñas, tan pronto como nada tenemos con qué pagar, el Señor nos perdona todas. Solo la pobreza perfecta pone al alma en libertad: mientras una blanca podamos llamar nuestra, no tenemos descargo pleno.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde