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18 de febrero

Mañana

Job 10:2«hazme entender por qué pleiteas conmigo»

Quizá, oh alma probada, el Señor hace esto para desarrollar tus gracias. Hay algunas de tus gracias que nunca serían descubiertas si no fuera por tus pruebas. ¿No sabes que tu fe nunca se ve tan grandiosa en el tiempo del verano como en el invierno? El amor es con demasiada frecuencia como una luciérnaga, que apenas da luz salvo en medio de la oscuridad que la rodea. La esperanza misma es como una estrella: no se ve al sol de la prosperidad, y solo se descubre en la noche de la adversidad. Las aflicciones son a menudo los fondos negros en que Dios engasta las joyas de las gracias de sus hijos, para hacerlas brillar mejor. Hace apenas un poco que, de rodillas, decías: «Señor, temo no tener fe: hazme saber que tengo fe». ¿No era esto, en realidad, aunque quizá sin advertirlo, orar por pruebas? Porque ¿cómo puedes saber que tienes fe hasta que tu fe es ejercitada? Tenlo por cierto: Dios a menudo nos envía pruebas para que nuestras gracias sean descubiertas, y para que quedemos ciertos de que existen. Además, no es mero descubrimiento: el crecimiento real en la gracia es el resultado de las pruebas santificadas. Dios a menudo nos quita los consuelos y los privilegios a fin de hacernos mejores cristianos. Adiestra a sus soldados no en tiendas de holgura y de lujo, sino sacándolos y acostumbrándolos a marchas forzadas y a duro servicio. Los hace vadear arroyos, y nadar ríos, y escalar montañas, y caminar legua tras legua con pesadas mochilas de tristeza a la espalda. Pues bien, cristiano, ¿no explicará esto las angustias por las que estás pasando? ¿No está el Señor sacando a luz tus gracias y haciéndolas crecer? ¿No es esta la razón por la que pleitea contigo?

Las pruebas endulzan la promesa; las pruebas dan nueva vida a la oración; las pruebas me traen a sus pies, me postran, y allí me mantienen.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Lucas 15:18«Padre, he pecado»

Es del todo cierto que aquellos a quienes Cristo ha lavado en su sangre preciosa no tienen por qué hacer confesión de pecado, como reos o criminales, ante Dios el Juez, porque Cristo ha quitado para siempre todos sus pecados en sentido legal, de modo que ya no están donde puedan ser condenados, sino que, de una vez para siempre, son aceptados en el Amado; pero, habiendo llegado a ser hijos, y ofendiendo como hijos, ¿no deben ir cada día ante su Padre celestial, confesar su pecado y reconocer su iniquidad en ese carácter? La naturaleza enseña que es deber de los hijos que yerran hacer confesión a su padre terrenal, y la gracia de Dios en el corazón nos enseña que nosotros, como cristianos, tenemos ese mismo deber para con nuestro Padre celestial. Cada día ofendemos, y no debemos sosegar sin el perdón de cada día. Porque, suponiendo que mis ofensas contra mi Padre no le sean llevadas en el acto para que las lave el poder limpiador del Señor Jesús, ¿cuál será la consecuencia? Si no he buscado el perdón y no he sido lavado de estas ofensas contra mi Padre, me sentiré lejos de él; dudaré de su amor para conmigo; temblaré ante él; tendré miedo de orarle: me iré volviendo como el pródigo, que, aunque seguía siendo hijo, con todo estaba lejos de su padre. Pero si, con dolor de hijo por haber ofendido a un Padre tan lleno de gracia y tan amoroso, voy a él y se lo digo todo, y no descanso hasta reconocer que estoy perdonado, entonces sentiré un santo amor a mi Padre, y recorreré mi carrera cristiana no solo como salvado, sino como quien goza de paz presente en Dios por Jesucristo mi Señor. Hay una amplia distinción entre confesar el pecado como reo y confesar el pecado como hijo. El seno del Padre es el lugar de las confesiones penitentes. Hemos sido limpiados una vez para siempre, pero nuestros pies todavía necesitan ser lavados de la contaminación de nuestro andar cotidiano como hijos de Dios.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde