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19 de febrero

Mañana

Ezequiel 36:37«Así ha dicho el Señor Jehová: Aun seré solicitado de la casa de Israel, para hacerles esto»

La oración es la precursora de la misericordia. Vuelve los ojos a la historia sagrada, y hallarás que casi nunca vino a este mundo una gran misericordia sin que la anunciara la súplica. Has comprobado que esto es verdad en tu propia experiencia personal. Dios te ha dado muchos favores no solicitados; pero, con todo, la gran oración ha sido siempre, para ti, el preludio de la gran misericordia. Cuando por primera vez hallaste paz por la sangre de la cruz, habías orado mucho, e intercedido con empeño ante Dios para que apartara tus dudas y te librara de tus congojas. Tu seguridad fue resultado de la oración. Siempre que has tenido gozos altos y arrebatados, has tenido que mirarlos como respuestas a tus oraciones. Cuando has tenido grandes libramientos de angustias penosas, y auxilios poderosos en grandes peligros, has podido decir: «Busqué á Jehová, y él me oyó, y libróme de todos mis temores.» La oración es siempre el prefacio de la bendición. Va delante de la bendición como sombra de la bendición. Cuando el sol de las misericordias de Dios se levanta sobre nuestras necesidades, proyecta la sombra de la oración lejos, sobre la llanura. O, por valernos de otra ilustración: cuando Dios amontona un collado de misericordias, él mismo resplandece detrás de ellas, y proyecta sobre nuestros espíritus la sombra de la oración, de modo que podemos estar seguros de que, si oramos mucho, nuestras súplicas son las sombras de la misericordia. Así está la oración unida a la bendición, para mostrarnos el valor de ella. Si tuviéramos las bendiciones sin pedirlas, las tendríamos por cosas comunes; pero la oración hace que nuestras misericordias sean más preciosas que los diamantes. Las cosas que pedimos son preciosas, pero no caemos en la cuenta de lo preciosas que son hasta que las hemos buscado con ahínco.

La oración hace que la nube oscura se retire; la oración sube la escala que vio Jacob; da ejercicio a la fe y al amor; trae de lo alto cada bendición.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Juan 1:41«Este halló primero á su hermano Simón»

Este caso es un modelo excelente de todos los casos en que la vida espiritual es vigorosa. Tan pronto como un hombre ha hallado a Cristo, empieza a hallar a otros. No creeré que has gustado la miel del evangelio si puedes comértela toda tú solo. La gracia verdadera acaba con todo monopolio espiritual. Andrés halló primero a su propio hermano Simón, y luego a otros. El parentesco tiene una exigencia muy fuerte sobre nuestros primeros esfuerzos individuales. Andrés, bien hiciste en comenzar por Simón. Dudo si no habrá algunos cristianos que reparten tratados en casa ajena, y que harían bien en repartir un tratado en la suya; si no habrá algunos ocupados en obras de utilidad fuera, que descuidan su esfera especial de utilidad en casa. Puede que se te llame, o puede que no, a evangelizar al pueblo en alguna localidad en particular; pero ciertamente se te llama a cuidar de tus propios siervos, de tus propios parientes y conocidos. Que tu religión empiece en casa. Muchos comerciantes exportan sus mejores géneros; el cristiano no debe hacerlo. En todo lugar su conducta ha de ser del mejor sabor; pero ha de cuidar de dar el fruto más dulce de la vida espiritual y del testimonio en su propia familia. Cuando Andrés fue a buscar a su hermano, poco imaginaba cuán eminente llegaría a ser Simón. Simón Pedro valía por diez Andrés, por cuanto podemos colegir de la historia sagrada; y sin embargo Andrés fue instrumento para traerlo a Jesús. Puede que tú mismo tengas muy escaso talento, y sin embargo seas el medio de atraer a Cristo a uno que será eminente en la gracia y en el servicio. ¡Ah, querido amigo, qué poco conoces las posibilidades que hay en ti! Puede que no hagas más que decir una palabra a un niño, y en ese niño puede estar adormecido un corazón noble que conmoverá a la iglesia cristiana en los años venideros. Andrés no tiene más que dos talentos, pero halla a Pedro. Ve tú, y haz lo mismo.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde