16 de febrero
Mañana
Filipenses 4:11«he aprendido á contentarme con lo que tengo»Estas palabras nos muestran que el contentamiento no es una propensión natural del hombre. «La mala hierba crece aprisa.» La codicia, el descontento y la murmuración son tan naturales al hombre como las espinas al suelo. No hace falta sembrar cardos y zarzas; brotan con bastante naturalidad, porque son propias de la tierra; y así, no hace falta enseñar a los hombres a quejarse: se quejan bastante aprisa sin educación alguna. Pero las cosas preciosas de la tierra han de cultivarse. Si queremos trigo, hemos de arar y sembrar; si queremos flores, ha de haber huerto, y todo el cuidado del jardinero. Pues bien, el contentamiento es una de las flores del cielo, y si hemos de tenerlo, ha de cultivarse; no crecerá en nosotros por naturaleza; solo la nueva naturaleza puede producirlo, y aun entonces hemos de ser especialmente cuidadosos y vigilantes para mantener y cultivar la gracia que Dios ha sembrado en nosotros. Pablo dice: «he aprendido á contentarme», como dando a entender que hubo un tiempo en que no sabía cómo. Le costó no pocos trabajos alcanzar el misterio de aquella gran verdad. Sin duda a veces pensó que ya había aprendido, y luego se vino abajo. Y cuando al fin lo alcanzó, y pudo decir, de cualquier estado en que se hallara: «he aprendido á contentarme con lo que tengo» [N. del T.: la RV1909 dice «contentarme con lo que tengo»; Spurgeon dice «en cualquier estado en que me halle».], era un anciano de cabeza cana, al borde de la tumba: un pobre preso encerrado en el calabozo de Nerón, en Roma. De buena gana soportaríamos las flaquezas de Pablo y compartiríamos con él el frío calabozo, si también nosotros pudiéramos, de algún modo, alcanzar su buen grado. No te figures que puedes estar contento sin aprender, ni aprender sin disciplina. No es un poder que se ejerza por naturaleza, sino una ciencia que se adquiere poco a poco. Esto lo sabemos por experiencia. Hermano, acalla esa murmuración, por natural que sea, y sigue como alumno diligente en el Colegio del Contentamiento.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Nehemías 9:20«tu espíritu bueno»Común, demasiado común, es el pecado de olvidar al Espíritu Santo. Esto es necedad e ingratitud. Merece bien de nosotros, porque es bueno, supremamente bueno. Como Dios, es bueno esencialmente. Participa de la triple aclamación de «Santo, santo, santo», que asciende al Jehová Trino. Él es pureza sin mezcla, y verdad, y gracia. Es bueno benévolamente: sobrelleva con ternura nuestro extravío, contiende con nuestras voluntades rebeldes, nos vivifica de nuestra muerte en el pecado y luego nos forma para los cielos, como una nodriza amorosa cría a su niño. ¡Cuán generoso, perdonador y tierno es este paciente Espíritu de Dios! Es bueno operativamente. Todas sus obras son buenas en el grado más eminente: sugiere buenos pensamientos, mueve a buenas acciones, revela buenas verdades, aplica buenas promesas, ayuda en los buenos adelantos y conduce a buenos resultados. No hay bien espiritual en todo el mundo del cual no sea él el autor y el sustentador, y el cielo mismo deberá a su obra el carácter perfecto de sus moradores redimidos. Es bueno oficialmente; ya como Consolador, ya como Instructor, Guía, Santificador, Vivificador o Intercesor, cumple bien su oficio, y cada obra está cargada del más alto bien para la iglesia de Dios. Los que ceden a sus influencias se hacen buenos; los que obedecen sus impulsos hacen el bien; los que viven bajo su poder reciben el bien. Actuemos, pues, hacia persona tan buena según lo que dicta la gratitud. Reverenciemos su persona, y adorémoslo como Dios sobre todos, bendito por los siglos; reconozcamos su poder y nuestra necesidad de él, esperando en él en todas nuestras empresas santas; busquemos a cada hora su auxilio, y nunca lo contristemos; y hablemos para su alabanza siempre que se presente la ocasión. La iglesia nunca prosperará hasta que crea con más reverencia en el Espíritu Santo. Es tan bueno y tan benigno, que es triste en verdad que haya de ser contristado por desaires y negligencias.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde