‹ Devocional

14 de febrero

Mañana

2 Reyes 25:30«Y fuéle diariamente dada su comida de parte del rey de continuo, todos los días de su vida.»

Joachîn no fue despedido del palacio del rey con una provisión que le alcanzara para meses, sino que su sustento le fue dado como pensión diaria. En esto retrata bien la feliz posición de todo el pueblo del Señor. Una porción diaria es todo lo que un hombre realmente necesita. No necesitamos las provisiones de mañana; ese día aún no ha amanecido, y sus necesidades todavía no han nacido. La sed que podamos padecer en el mes de junio no necesita apagarse en febrero, porque aún no la sentimos; si tenemos lo bastante para cada día conforme los días llegan, nunca conoceremos necesidad. Lo suficiente para el día es todo lo que podemos gozar. No podemos comer, ni beber, ni vestir más que el alimento y el vestido del día; lo que sobra nos da el cuidado de guardarlo y la ansiedad de vigilar contra el ladrón. Un solo bordón ayuda al caminante, pero un haz de bordones es carga pesada. Lo suficiente no solo es tan bueno como un banquete, sino que es todo lo que el mayor glotón puede de veras gozar. Esto es todo lo que debemos esperar; anhelar más que esto es ingratitud. Cuando nuestro Padre no nos da más, debemos contentarnos con su ración diaria. El caso de Joachîn es el nuestro: tenemos una porción segura, una porción dada a nosotros de parte del rey, una porción graciosa y una porción perpetua. Aquí hay, por cierto, motivo de gratitud.

Amado lector cristiano, en las cosas de la gracia necesitas una provisión diaria. No tienes reserva de fuerza. Día tras día has de buscar ayuda de lo alto. Es una certidumbre muy dulce que una porción diaria está provista para ti. En la palabra, por medio del ministerio, por la meditación, en la oración y en la espera en Dios, recibirás fuerza renovada. En Jesús están atesoradas para ti todas las cosas necesarias. Entonces goza de tu ración continua. Nunca pases hambre mientras el pan diario de la gracia esté sobre la mesa de la misericordia.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Lucas 8:47«luego había sido sana»

Uno de los milagros del Salvador que más conmueven y más enseñan está delante de nosotros esta noche. La mujer era muy ignorante. Imaginaba que la virtud salía de Cristo por una ley de necesidad, sin su conocimiento ni su voluntad directa. Además, desconocía la generosidad del carácter de Jesús, o no se habría ido por detrás a robar la curación que él estaba tan dispuesto a otorgar. La miseria ha de plantarse siempre cara a cara con la misericordia. Si hubiera conocido el amor del corazón de Jesús, habría dicho: «No tengo más que ponerme donde él pueda verme: su omnisciencia le dará a conocer mi caso, y su amor al instante obrará mi cura». Admiramos su fe, pero nos maravillamos de su ignorancia. Después de obtenida la curación, se regocijó con temblor: gozosa de que la virtud divina hubiera obrado en ella una maravilla; pero temía que Cristo retirara la bendición y negara la concesión de su gracia: ¡cuán poco comprendía la plenitud de su amor! No tenemos de él una visión tan clara como quisiéramos; no conocemos las alturas y las profundidades de su amor; pero sabemos de cierto que es demasiado bueno para retirar de un alma temblorosa el don que esta ha podido alcanzar. Pero he aquí la maravilla: por escaso que fuera su conocimiento, su fe, porque era fe verdadera, la salvó, y la salvó al instante. No hubo demora tediosa: el milagro de la fe fue instantáneo. Si tenemos fe como un grano de mostaza, la salvación es nuestra posesión presente y eterna. Si en la lista de los hijos del Señor estamos escritos como los más débiles de la familia, con todo, siendo herederos por la fe, ningún poder, humano o diabólico, puede expulsarnos de la salvación. Si no nos atrevemos a reclinar la cabeza sobre su pecho con Juan, con todo, si podemos aventurarnos en la apretura por detrás de él y tocar el borde de su vestido, quedamos sanos. ¡Ánimo, alma tímida! «Tu fe te ha salvado; ve en paz.» «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde