‹ Devocional

13 de febrero

Mañana

1 Juan 3:1-2«MIRAD cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios: por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce á él. Muy amados, ahora somos hijos de Dios»

«MIRAD cuál amor nos ha dado el Padre». Considera quiénes éramos, y lo que aun ahora sentimos ser cuando la corrupción es poderosa en nosotros, y te maravillarás de nuestra adopción. Sin embargo, somos llamados «hijos de Dios». ¡Qué alta relación es la de un hijo, y qué privilegios trae consigo! ¡Qué cuidado y qué ternura espera el hijo de su padre, y qué amor siente el padre hacia el hijo! Pero todo eso, y más que eso, lo tenemos ahora por medio de Cristo. En cuanto al inconveniente pasajero de padecer con el hermano mayor, esto lo aceptamos como un honor: «por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce á él.» Nos contentamos con ser desconocidos con él en su humillación, porque hemos de ser exaltados con él. «Muy amados, ahora somos hijos de Dios». Eso es fácil de leer, pero no es tan fácil de sentir. ¿Cómo está tu corazón esta mañana? ¿Estás en lo más hondo de la tristeza? ¿Se levanta la corrupción dentro de tu espíritu, y la gracia parece una pobre chispa pisoteada? ¿Tu fe casi te falta? No temas: no has de vivir de tus gracias ni de tus sentimientos; has de vivir sencillamente por la fe en Cristo. Con todas estas cosas en contra nuestra, ahora —en lo más hondo de nuestra tristeza, dondequiera que estemos—, ahora, tanto en el valle como en el monte, «Muy amados, ahora somos hijos de Dios». «Ah, pero», dices, «¡mira cómo estoy ataviado! Mis gracias no brillan; mi justicia no resplandece con gloria aparente». Pero lee lo que sigue: «aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes á él». El Espíritu Santo purificará nuestras mentes, y el poder divino refinará nuestros cuerpos; entonces le veremos como él es.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Romanos 8:1«Ahora pues, ninguna condenación hay»

Ven, alma mía, piensa en esto. Creyendo en Jesús, estás real y eficazmente absuelta de la culpa; eres sacada de tu prisión. Ya no estás en grillos como esclava; eres libertada ahora de la servidumbre de la ley; estás libre del pecado, y puedes andar en libertad como persona libre. La sangre de tu Salvador te ha conseguido la plena soltura. Tienes ahora derecho de acercarte al trono de tu Padre. No hay allí llamas de venganza que ahora te espanten; ni espada de fuego; la justicia no puede herir al inocente. Tus impedimentos han sido quitados: antes no podías ver el rostro de tu Padre; ahora puedes verlo. No podías hablar con él; pero ahora tienes acceso con denuedo. Antes pesaba sobre ti el temor del infierno; pero ya no lo temes, porque ¿cómo puede haber castigo para quien no tiene culpa? El que cree no es condenado, y no puede ser castigado. Y, más que todo, los privilegios que habrías gozado si nunca hubieras pecado son tuyos ahora que estás justificada. Todas las bendiciones que habrías tenido si hubieras guardado la ley, y más, son tuyas, porque Cristo la ha guardado por ti. Todo el amor y la aceptación que la obediencia perfecta habría podido alcanzar de Dios te pertenecen, porque Cristo fue perfectamente obediente en tu lugar, y ha imputado todos sus méritos a tu cuenta, para que seas sobremanera rica por medio de él, que por causa tuya se hizo sobremanera pobre. ¡Oh! ¡cuán grande es la deuda de amor y de gratitud que debes a tu Salvador!

Deudor solo de la misericordia, de la misericordia del pacto canto; y no temo, vestido de tu justicia, traer mi persona y mis ofrendas: los terrores de la ley y de Dios conmigo nada tienen que ver; la obediencia y la sangre de mi Salvador ocultan todas mis transgresiones a la vista.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde