12 de febrero
Mañana
2 Corintios 1:5«Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el [mismo] Cristo nuestra consolación.»Hay una proporción bienaventurada. El Soberano de la Providencia lleva una balanza: en este platillo pone las pruebas de su pueblo, y en aquel pone sus consolaciones. Cuando el platillo de la prueba está casi vacío, hallarás siempre el platillo del consuelo casi en la misma condición; y cuando el platillo de las pruebas está lleno, hallarás el platillo del consuelo igual de cargado. Cuando más se acumulan las nubes negras, con más resplandor se nos revela la luz. Cuando la noche se cierne y la tempestad se avecina, el Capitán celestial está siempre más cerca de su tripulación. Es cosa bienaventurada que, cuando más abatidos estamos, entonces es cuando más nos levantan las consolaciones del Espíritu. Una razón es que las pruebas hacen más lugar para el consuelo. Los corazones grandes solo pueden hacerse con grandes tribulaciones. La pala de la tribulación cava más hondo el depósito del consuelo, y hace más lugar para la consolación. Dios entra en nuestro corazón —lo halla lleno—, empieza a quebrar nuestros consuelos y a vaciarlo; entonces hay más lugar para la gracia. Cuanto más humilde yace un hombre, más consuelo tendrá siempre, porque estará más apto para recibirlo. Otra razón por la cual a menudo somos más felices en nuestras tribulaciones es esta: entonces tenemos el trato más estrecho con Dios. Cuando el granero está lleno, el hombre puede vivir sin Dios; cuando la bolsa revienta de oro, procuramos pasarnos con menos oración. Pero quítanos las calabaceras, y queremos a nuestro Dios; limpia una vez los ídolos de la casa, y entonces nos vemos obligados a honrar a Jehová. «De los profundos, oh Jehová, a ti clamo.» No hay clamor tan bueno como el que sale de lo hondo de los montes; no hay oración ni la mitad de fervorosa que la que sube desde las profundidades del alma, a través de pruebas y aflicciones hondas. Así nos llevan a Dios, y somos más felices; porque la cercanía de Dios es la felicidad. Ven, creyente atribulado, no te inquietes por tus pesadas tribulaciones, porque son los heraldos de misericordias de gran peso.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 14:16«os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre»El gran Padre se reveló a los creyentes de antaño antes de la venida de su Hijo, y fue conocido de Abraham, de Isaac y de Jacob como el Dios Todopoderoso. Entonces vino Jesús, y el Hijo eternamente bendito, en su propia persona, fue el deleite de los ojos de su pueblo. Al tiempo de la ascensión del Redentor, el Espíritu Santo vino a ser la cabeza de la dispensación presente, y su poder se manifestó gloriosamente en Pentecostés y después. Permanece a esta hora el Emmanuel presente —Dios con nosotros—, que mora en su pueblo y con su pueblo, vivificando, guiando y gobernando en medio de ellos. ¿Se reconoce su presencia como se debe? No podemos gobernar su obrar; es soberanísimo en todas sus operaciones, pero ¿estamos lo bastante anhelantes de obtener su ayuda, o lo bastante vigilantes, no sea que lo provoquemos a retirar su auxilio? Sin él nada podemos hacer, pero por su energía omnipotente pueden producirse los resultados más extraordinarios: todo depende de que manifieste u oculte su poder. ¿Levantamos siempre los ojos a él, tanto para nuestra vida interior como para nuestro servicio exterior, con la dependencia respetuosa que conviene? ¿No corremos con demasiada frecuencia delante de su llamado, y obramos sin contar con su auxilio? Humillémonos esta tarde por las negligencias pasadas, y roguemos ahora que el rocío celestial descanse sobre nosotros, que el óleo sagrado nos unja, que la llama celestial arda dentro de nosotros. El Espíritu Santo no es un don pasajero; permanece con los santos. No tenemos más que buscarlo como es debido, y él será hallado de nosotros. Es celoso, pero es compasivo; si se retira en ira, vuelve en misericordia. Condescendiente y tierno, no se cansa de nosotros, sino que aguarda para seguir siendo propicio.
El pecado ha estado martillando mi corazón hasta una dureza vacía de amor; que la gracia que suple, para desbaratar su arte, caiga de lo alto.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde