‹ Devocional

31 de diciembre

Mañana

Juan 7:37«Mas en el postrer día grande de la fiesta, Jesús se ponía en pie y clamaba, diciendo: Si alguno tiene sed, venga á mí y beba.»

La paciencia tuvo su obra perfecta en el Señor Jesús, y hasta el último día de la fiesta él rogó a los judíos, así como en este último día del año nos ruega a nosotros, y espera para sernos propicio. Admirable es, en verdad, la longanimidad del Salvador al soportar a algunos de nosotros año tras año, no obstante nuestras provocaciones, nuestras rebeliones y nuestra resistencia a su Espíritu Santo. ¡Maravilla de maravillas, que aún estemos en la tierra de la misericordia!

La piedad se expresó con la mayor claridad, porque Jesús clamó, lo cual implica no solo lo recio de su voz, sino la ternura de sus tonos. Nos ruega que nos reconciliemos. «Os rogamos», dice el Apóstol, «como si Dios rogase por medio nuestro». ¡Qué términos tan fervientes y conmovedores son estos! ¡Cuán profundo ha de ser el amor que hace al Señor llorar sobre los pecadores, y como una madre atraer con ruegos a sus hijos a su seno! Ciertamente, a la llamada de tal clamor, vendrán nuestros corazones dispuestos.

La provisión está hecha con la mayor abundancia; está provisto todo cuanto el hombre pueda necesitar para apagar la sed de su alma. A su conciencia la expiación le trae paz; a su entendimiento el evangelio le trae la instrucción más rica; a su corazón la persona de Jesús es el objeto de afecto más noble; al hombre entero la verdad tal como es en Jesús le suministra el nutrimento más puro. La sed es terrible, pero Jesús puede quitarla. Aunque el alma estuviera del todo hambrienta, Jesús podría restaurarla.

La proclamación se hace con la mayor libertad: todo sediento es bienvenido. No se hace ninguna otra distinción sino la de la sed. Sea la sed de la avaricia, de la ambición, del placer, del conocimiento o del reposo, el que la padece está invitado. La sed puede ser mala en sí misma, y no ser señal de gracia, sino más bien marca de un pecado desordenado que anhela ser gratificado con tragos más hondos de concupiscencia; pero no es la bondad de la criatura la que le trae la invitación: el Señor Jesús la envía gratuitamente, y sin acepción de personas.

La personalidad se declara con la mayor plenitud. El pecador tiene que venir a Jesús, no a las obras, ni a las ordenanzas, ni a las doctrinas, sino a un Redentor personal, el cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero. El Salvador que sangra, que muere y que resucita es la única estrella de esperanza para un pecador. ¡Oh, gracia para venir ahora y beber, antes que el sol se ponga sobre el último día del año!

Ni la espera ni la preparación se insinúan siquiera. Beber representa una recepción para la cual no se requiere idoneidad alguna. Un necio, un ladrón, una ramera pueden beber; y así, lo pecaminoso del carácter no es barrera para la invitación a creer en Jesús. No queremos copa de oro, ni cáliz enjoyado, en que llevar el agua al sediento; la boca de la pobreza es bienvenida a inclinarse y apurar el torrente que fluye. Labios ampollados, leprosos, inmundos pueden tocar la corriente del amor divino; no pueden contaminarla, sino que ellos mismos serán purificados. Jesús es la fuente de la esperanza. Querido lector, oye la voz amorosa del querido Redentor, mientras clama a cada uno de nosotros:

Si alguno tiene sed, venga á mí y beba.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Jeremías 8:20«Pasóse la siega, acabóse el verano, y nosotros no hemos sido salvos.»

¡No salvo! Querido lector, ¿es este tu triste estado? Advertido del juicio venidero, conminado a escapar por tu vida, y con todo en este momento ¡no salvo! Conoces el camino de la salvación, lo lees en la Biblia, lo oyes desde el púlpito, los amigos te lo explican, y sin embargo lo descuidas, y por tanto no estás salvo. Estarás sin excusa cuando el Señor juzgue a los vivos y a los muertos. El Espíritu Santo ha dado, en mayor o menor medida, bendición sobre la palabra que ha sido predicada oyéndola tú, y los tiempos del refrigerio han venido de la presencia del Señor, y sin embargo estás sin Cristo. Todas estas estaciones de esperanza han venido y se han ido —tu verano y tu siega han pasado—, y sin embargo no estás salvo. Los años se han seguido unos a otros hacia la eternidad, y tu último año pronto estará aquí: la juventud se fue, la edad viril se va, y sin embargo no estás salvo. Déjame preguntarte: ¿serás salvo alguna vez? ¿Hay alguna probabilidad de ello? Ya las estaciones más propicias te han dejado sin salvación; ¿cambiarán otras ocasiones tu condición? Los medios han fracasado contigo —los mejores medios, usados con perseverancia y con el mayor afecto—: ¿qué más puede hacerse por ti? La aflicción y la prosperidad por igual no han logrado impresionarte; lágrimas y oraciones y sermones se han malgastado en tu corazón estéril. ¿No están las probabilidades enteramente en contra de que jamás seas salvo? ¿No es más que probable que permanezcas como estás hasta que la muerte cierre para siempre la puerta de la esperanza? ¿Retrocedes ante esta suposición? Con todo, es de lo más razonable: quien no es lavado en tantas aguas, según toda probabilidad irá inmundo a su fin. El tiempo conveniente nunca ha llegado; ¿por qué habría de llegar alguna vez? Es lógico temer que nunca llegará, y que, como Félix, no hallarás ocasión conveniente hasta que estés en el infierno. ¡Oh, considera bien lo que es ese infierno, y la pavorosa probabilidad de que pronto seas arrojado en él!

Lector, supón que murieras no salvo: tu condenación, ninguna palabra puede pintarla. Escribe tu estado pavoroso con lágrimas y con sangre; habla de él con gemidos y crujir de dientes: serás castigado con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su potencia. La voz de un hermano querría de buen grado sobresaltarte hasta la seriedad. Oh, sé sabio, sé sabio a tiempo, y antes que comience otro año, cree en Jesús, el cual puede salvar eternamente. Consagra estas últimas horas al pensamiento a solas, y si en ti se engendra un profundo arrepentimiento, estará bien; y si conduce a una fe humilde en Jesús, será lo mejor de todo. Oh, mira que no pase este año, y tú un espíritu no perdonado. ¡Que los repiques de medianoche del año nuevo no suenen sobre un espíritu sin gozo! Ahora, ahora, AHORA cree, y vive.

Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde