‹ Devocional

2 de noviembre

Mañana

Malaquías 3:6«yo Jehová, no me mudo»

Bien nos está que, en medio de toda la inconstancia de la vida, haya Uno a quien el cambio no puede afectar; Uno cuyo corazón jamás puede alterarse, y en cuya frente la mutabilidad no puede abrir surco alguno. Todo lo demás ha cambiado; todo está cambiando. El sol mismo se oscurece con la edad; el mundo está envejeciendo; ha comenzado a plegarse el vestido gastado; los cielos y la tierra pronto habrán de pasar; perecerán, se envejecerán como una vestidura; pero hay Uno que él solo tiene la inmortalidad, cuyos años no tienen fin, y en cuya persona no hay cambio. El deleite que siente el marinero cuando, después de haber sido zarandeado día tras día, vuelve a pisar la orilla firme, es la satisfacción del cristiano cuando, en medio de todos los cambios de esta vida turbulenta, asienta el pie de su fe sobre esta verdad: «Yo Jehová, no me mudo.»

La estabilidad que el ancla da a la nave, cuando al fin ha hecho presa, es semejante a la que la esperanza del cristiano le brinda cuando se afirma sobre esta verdad gloriosa. Con Dios «no hay mudanza, ni sombra de variación». Cualesquiera que fueran sus atributos antiguamente, lo son ahora; su poder, su sabiduría, su justicia, su verdad, permanecen igualmente sin cambio. Siempre ha sido el refugio de su pueblo, la fortaleza de ellos en el día de la angustia, y todavía es su Auxiliador seguro. No ha cambiado en su amor. Ha amado a su pueblo con «amor eterno»; los ama ahora tanto como siempre los amó, y cuando todas las cosas terrenales se hayan derretido en la última conflagración, su amor llevará todavía el rocío de su juventud. ¡Preciosa es la certeza de que él no cambia! La rueda de la providencia gira, pero su eje es el amor eterno.

La muerte y el cambio se afanan sin cesar; el hombre decae, y las edades avanzan; mas nunca mengua su misericordia: Dios es sabiduría, Dios es amor.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 119:53«Horror se apoderó de mí, á causa de los impíos que dejan tu ley.»

Alma mía, ¿sientes este santo estremecimiento ante los pecados de los demás? Porque de lo contrario te falta santidad interior. Las mejillas de David estaban mojadas con ríos de aguas a causa de la impiedad reinante; Jeremías deseaba ojos como fuentes, para poder lamentar las iniquidades de Israel; y Lot era atormentado por la conducta de los hombres de Sodoma. Aquellos a quienes se puso la señal en la visión de Ezequiel eran los que gemían y clamaban por las abominaciones de Jerusalén. No puede menos de contristar a las almas llenas de gracia ver los trabajos que se toman los hombres para ir al infierno. Conocen por experiencia el mal del pecado, y se alarman al ver a otros volar como polillas hacia su llama. El pecado hace estremecer al justo, porque viola una ley santa, que a todo hombre le interesa en sumo grado guardar; derriba los pilares de la sociedad. El pecado en los otros horroriza al creyente, porque le trae a la memoria la bajeza de su propio corazón: cuando ve a un transgresor, clama con el santo mencionado por Bernardo: «Él cayó hoy, y yo puedo caer mañana.» El pecado, para un creyente, es horrible, porque crucificó al Salvador; ve en cada iniquidad los clavos y la lanza. ¿Cómo puede un alma salva contemplar ese maldito pecado que mata a Cristo sin aborrecimiento? Di, corazón mío: ¿te unes sensiblemente a todo esto? Es cosa tremenda insultar a Dios en su propia cara. El Dios bueno merece mejor trato; el Dios grande lo reclama; el Dios justo lo tendrá, o le pagará a su adversario en su propia cara. Un corazón despierto tiembla ante la audacia del pecado, y queda alarmado al contemplar su castigo. ¡Qué cosa tan monstruosa es la rebelión! ¡Qué sentencia tan atroz está preparada para los impíos! Alma mía, nunca te rías de las bufonadas del pecado, no sea que llegues a sonreír ante el pecado mismo. Es enemigo tuyo, y enemigo de tu Señor. Míralo con detestación, porque solo así puedes dar prueba de que posees la santidad, sin la cual nadie puede ver al Señor.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde