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4 de agosto

Mañana

Daniel 11:32«el pueblo que conoce á su Dios, se esforzará»

Todo creyente entiende que conocer a Dios es la forma más alta y mejor del conocimiento; y este conocimiento espiritual es una fuente de fortaleza para el cristiano. Fortalece su fe. De los creyentes se habla constantemente en las Escrituras como de personas que están iluminadas y enseñadas por el Señor; se dice que «tenéis la unción del Santo», y es oficio peculiar del Espíritu conducirlos a toda la verdad, y todo esto para el aumento y el fomento de su fe. El conocimiento fortalece el amor, tanto como la fe. El conocimiento abre la puerta, y luego, por esa puerta, vemos a nuestro Salvador. O, por usar otra semejanza, el conocimiento pinta el retrato de Jesús, y cuando vemos ese retrato, entonces lo amamos; no podemos amar a un Cristo a quien no conocemos, al menos en algún grado. Si conocemos poco de las excelencias de Jesús, de lo que ha hecho por nosotros y de lo que está haciendo ahora, no podemos amarlo mucho; pero cuanto más lo conocemos, más lo amaremos. El conocimiento fortalece también la esperanza. ¿Cómo podemos esperar una cosa si no sabemos de su existencia? La esperanza puede ser el telescopio, pero hasta que recibimos instrucción, nuestra ignorancia se planta delante del cristal, y no podemos ver nada en absoluto; el conocimiento quita el objeto que se interpone, y cuando miramos a través del brillante cristal óptico discernimos la gloria que ha de revelarse, y la anticipamos con gozosa confianza. El conocimiento nos suministra razones para la paciencia. ¿Cómo tendremos paciencia si no sabemos algo de la simpatía de Cristo, y no entendemos el bien que ha de salir de la corrección que nuestro Padre celestial nos envía? Ni hay una sola gracia del cristiano que, bajo Dios, no haya de ser fomentada y llevada a perfección por el conocimiento santo. ¡Cuán importante es, pues, que crezcamos no solo en gracia, sino en el «conocimiento» de nuestro Señor y Salvador Jesucristo!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Hageo 2:17«Os herí con viento solano, y con tizoncillo, y con granizo en toda obra de vuestras manos»

¡Cuán destructor es el granizo para las mieses en pie, desgranando el precioso grano sobre la tierra! ¡Cuán agradecidos debiéramos estar cuando el trigo es librado de ruina tan terrible! Ofrezcamos al Señor acción de gracias. Aún más de temer son esos destructores misteriosos: el carbón, el tizón hediondo, la roya y el mildiu. Estos convierten la espiga en una masa de hollín, o la vuelven pútrida, o secan el grano, y todo de un modo tan por encima de todo control humano que el labrador se ve obligado a clamar: «Dedo de Dios es este». Innumerables hongos diminutos causan el daño, y si no fuera por la bondad de Dios, el jinete del caballo negro pronto esparciría el hambre sobre la tierra. La misericordia infinita libra el alimento de los hombres, pero en vista de los agentes activos que están prontos a destruir la cosecha, muy sabiamente se nos enseña a orar: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». La maldición anda suelta; tenemos necesidad constante de la bendición. Cuando vienen el añublo y el mildiu, son castigos del cielo, y los hombres han de aprender a soportar la vara, y a aquel que la ha establecido.

Espiritualmente, el mildiu no es un mal poco común. Cuando nuestra obra es más prometedora, aparece este añublo. Esperábamos muchas conversiones, y ¡he aquí! una apatía general, una mundanalidad que abunda, o una cruel dureza de corazón. Puede que no haya pecado abierto en aquellos por quienes trabajamos, pero hay una falta de sinceridad y de decisión que defrauda tristemente nuestros deseos. Aprendemos de esto nuestra dependencia del Señor, y la necesidad de orar para que ningún añublo caiga sobre nuestra obra. El orgullo espiritual o la pereza pronto traerán sobre nosotros el mal temible, y solo el Señor de la mies puede quitarlo. El mildiu puede atacar incluso nuestros propios corazones, y marchitar nuestras oraciones y nuestros ejercicios religiosos. Quiera el gran Labrador apartar calamidad tan grave. Resplandece, bendito Sol de Justicia, y ahuyenta los añublos.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde