22 de julio
Mañana
Jeremías 3:14«yo soy vuestro esposo»Cristo Jesús está unido a su pueblo en unión matrimonial. En amor desposó a su Iglesia como virgen casta, mucho antes de que ella cayera bajo el yugo de la servidumbre. Lleno de ardiente afecto trabajó, como Jacob por Raquel, hasta que todo el precio de su compra hubo sido pagado, y ahora, habiéndola buscado por su Espíritu y habiéndola traído a conocerlo y a amarlo, espera la hora gloriosa en que se consumará la dicha mutua de ambos en la cena de las bodas del Cordero. Aún no ha presentado el glorioso Esposo a su desposada, perfecta y completa, ante la Majestad del cielo; aún no ha entrado ella de hecho en el goce de sus dignidades como esposa y reina suya: todavía es una errante en un mundo de dolor, una habitante de las tiendas de Kedar; pero ya desde ahora es la novia, la esposa de Jesús, cara a su corazón, preciosa ante sus ojos, escrita en sus manos y unida a su persona. En la tierra él ejerce para con ella todos los oficios afectuosos de Esposo. Hace rica provisión para sus necesidades, paga todas sus deudas, le permite tomar su nombre y participar de toda su riqueza. Ni obrará jamás de otro modo para con ella. La palabra divorcio no la mencionará jamás, porque «él aborrece que sea repudiada». La muerte ha de cortar el vínculo conyugal entre los mortales más amantes, pero no puede dividir los eslabones de este matrimonio inmortal. En el cielo no se casan, sino que son como los ángeles de Dios; sin embargo, hay esta única y maravillosa excepción a la regla, porque en el cielo Cristo y su Iglesia celebrarán sus gozosas nupcias. Esta afinidad, así como es más duradera, así es más estrecha que el matrimonio terrenal. Sea el amor del esposo tan puro y ferviente como se quiera, no es sino un tenue retrato de la llama que arde en el corazón de Jesús. Superior a toda unión humana es aquel allegarse místico a la Iglesia, por el cual Cristo dejó a su Padre y vino a ser una sola carne con ella.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Juan 19:5«He aquí el hombre.»Si hay un lugar donde nuestro Señor Jesús llega a ser más plenamente el gozo y el consuelo de su pueblo, es allí donde se hundió más hondo en las profundidades del dolor. Vengan acá, almas llenas de gracia, y contemplen al hombre en el huerto de Getsemaní; contemplen su corazón tan rebosante de amor que no puede contenerlo, tan lleno de dolor que ha de hallar una salida. He aquí el sudor de sangre, mientras se destila de cada poro de su cuerpo y cae sobre la tierra. «He aquí el hombre» mientras le clavan los clavos en las manos y los pies. Alcen la vista, pecadores arrepentidos, y vean la imagen dolorosa de su Señor que sufre. Mírenlo, mientras las gotas de rubí quedan sobre la corona de espinas y adornan con gemas sin precio la diadema del Rey de la Miseria. «He aquí el hombre» cuando todos sus huesos están descoyuntados, y está derramado como agua y puesto en el polvo de la muerte; Dios lo ha desamparado, y el infierno lo rodea. Miren y vean: ¿hubo jamás dolor como su dolor, el que le ha sido hecho? Todos ustedes que pasan, acérquense y miren este espectáculo de dolor, único, sin paralelo, asombro para hombres y ángeles, prodigio sin igual. ¡Contemplen al Emperador del Dolor, que no tuvo igual ni rival en sus agonías! Clávenle los ojos, ustedes los que lloran, porque si no hay consolación en un Cristo crucificado, no hay gozo en la tierra ni en el cielo. Si en el precio del rescate de su sangre no hay esperanza, arpas del cielo, no hay gozo en ustedes, y la diestra de Dios no conocerá deleites para siempre. Solo tenemos que sentarnos más de continuo al pie de la cruz para estar menos turbados por nuestras dudas y nuestros dolores. Solo tenemos que ver sus dolores, y de los nuestros nos avergonzaremos de hacer mención. Solo tenemos que mirar dentro de sus heridas y sanar las nuestras. Si hemos de vivir rectamente, ha de ser por la contemplación de su muerte; si hemos de subir a la dignidad, ha de ser considerando su humillación y su dolor.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde