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29 de junio

Mañana

1 Tesalonicenses 4:14«traerá Dios con él á los que durmieron en Jesús.»

No imaginemos que el alma duerme en la insensibilidad. «Hoy estarás conmigo en el paraíso» es el susurro de Cristo a todo santo que muere. Ellos «durmieron en Jesús», pero sus almas están delante del trono de Dios, alabándolo día y noche en su templo, cantando aleluyas a aquel que los lavó de sus pecados en su sangre. El cuerpo duerme en su lecho solitario de tierra, bajo el cobertor de la hierba. Pero ¿qué es este sueño? La idea ligada al sueño es «descanso», y ese es el pensamiento que el Espíritu de Dios quiere transmitirnos. El sueño hace de cada noche un sábado para el día. El sueño cierra firmemente la puerta del alma, y manda a todo intruso que aguarde un poco, para que la vida de adentro entre en su jardín estival de holgura. El creyente rendido de trabajo duerme en quietud, como el niño cansado cuando se adormece sobre el pecho de su madre. ¡Oh! Dichosos los que mueren en el Señor; descansan de sus trabajos, y sus obras los siguen. Su quieto reposo no será jamás interrumpido, hasta que Dios los despierte para darles su recompensa completa. Guardados por ángeles vigilantes, cortinados por misterios eternos, siguen durmiendo, los herederos de la gloria, hasta que la plenitud del tiempo traiga la plenitud de la redención. ¡Qué despertar el suyo! Fueron depositados en su último lugar de reposo, cansados y gastados, pero no se levantarán así. Se fueron a su descanso con la frente surcada y las facciones consumidas, pero despiertan en hermosura y en gloria. La semilla arrugada, tan falta de forma y de hermosura, se levanta del polvo hecha flor hermosa. El invierno del sepulcro cede ante la primavera de la redención y el verano de la gloria. Bienaventurada es la muerte, pues ella, por el poder divino, nos despoja de este vestido de faena, para vestirnos con el vestido de boda de la incorrupción. Bienaventurados los que «durmieron en Jesús».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

2 Crónicas 32:31«Empero en [lo de] los embajadores de los príncipes de Babilonia, que enviaron á él para saber del prodigio que había acaecido en aquella tierra, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón.»

Ezequías se iba haciendo tan grande interiormente, y se enorgullecía tanto del favor de Dios, que se introdujo la justicia propia y, por su seguridad carnal, la gracia de Dios fue retirada por un tiempo, en sus operaciones más activas. Esto basta de sobra para dar cuenta de lo sucedido con los babilonios; porque si la gracia de Dios dejara al mejor cristiano, hay en su corazón pecado bastante para hacerlo el peor de los transgresores. Si fueran dejados a sí mismos, ustedes, los más ardientes por Cristo, se enfriarían, como Laodicea, hasta una tibieza nauseabunda; ustedes, los sanos en la fe, quedarían blancos con la lepra de la falsa doctrina; ustedes, los que ahora andan delante del Señor en excelencia e integridad, vacilarían de un lado a otro, y se tambalearían con una embriaguez de pasión mala. Como la luna, tomamos prestada nuestra luz; por brillantes que seamos cuando la gracia resplandece sobre nosotros, somos la oscuridad misma cuando el Sol de justicia se retira. Por tanto, clamemos a Dios para que nunca nos deje. «¡Señor, no quites de nosotros tu Espíritu Santo! ¡No retires de nosotros tu gracia que en nosotros habita! ¿No has dicho: “Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; guardaréla de noche y de día, porque nadie la visite”? Señor, guárdanos en todo lugar. Guárdanos cuando estemos en el valle, para que no murmuremos contra tu mano que nos humilla; guárdanos cuando estemos en el monte, para que no nos mareemos por haber sido levantados; guárdanos en la juventud, cuando nuestras pasiones son fuertes; guárdanos en la vejez, cuando, pagados de nuestra sabiduría, podamos resultar por ello más necios que los jóvenes y los atolondrados; ¡guárdanos cuando lleguemos a morir, no sea que, en el último momento, te neguemos! ¡Guárdanos viviendo, guárdanos muriendo, guárdanos trabajando, guárdanos padeciendo, guárdanos peleando, guárdanos descansando, guárdanos en todo lugar, porque en todo lugar te necesitamos, oh Dios nuestro!»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde