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20 de junio

Mañana

Amós 9:9«Porque he aquí yo mandaré, y haré que la casa de Israel sea zarandeada entre todas las gentes, como se zarandea [el grano] en un harnero, y no cae un granito en la tierra.»

Todo zarandeo viene por mandato y permiso divinos. Satanás ha de pedir licencia antes de poder poner un dedo sobre Job. Aún más: en cierto sentido, nuestros zarandeos son directamente obra del cielo, pues el texto dice: «haré que la casa de Israel sea zarandeada». Satanás, como un peón, puede sostener el harnero, esperando destruir el grano; pero la mano soberana del Amo está consumando la pureza del grano mediante el mismo proceso que el enemigo pretendía que fuese destructor. Grano precioso, pero muy zarandeado, de la era del Señor, consuélate con el hecho bienaventurado de que el Señor dirige tanto el mayal como el harnero para su propia gloria y para tu provecho eterno.

El Señor Jesús ciertamente usará el aventador que está en su mano, y separará lo precioso de lo vil. «No todos los que son de Israel son Israelitas»; el montón de la era no es grano limpio, y de ahí que haya de realizarse el proceso de aventar. En el harnero solo el peso verdadero tiene poder. El tamo y la paja, carentes de sustancia, han de volar ante el viento, y solo quedará el grano sólido.

Observa la completa seguridad del trigo del Señor; aun el menor granito tiene promesa de preservación. Dios mismo zarandea, y por eso es obra severa y terrible; los zarandea en todo lugar, «entre todas las gentes»; los zarandea del modo más eficaz, «como se zarandea [el grano] en un harnero»; y, con todo eso, no se permite que caiga en la tierra ni el grano más pequeño, ni el más ligero, ni el más arrugado. Cada creyente en particular es precioso a los ojos del Señor: un pastor no perdería una sola oveja, ni un joyero un solo diamante, ni una madre un solo hijo, ni un hombre un solo miembro de su cuerpo, ni perderá el Señor a uno solo de su pueblo redimido. Por pequeños que seamos, si somos del Señor, podemos regocijarnos de estar preservados en Cristo Jesús.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Marcos 1:18«Y luego, dejadas sus redes, le siguieron.»

Cuando oyeron el llamamiento de Jesús, Simón y Andrés obedecieron al instante, sin replicar. Si siempre, con puntualidad y con celo resuelto, pusiéramos por obra lo que oímos, allí mismo o en la primera ocasión oportuna, nuestra asistencia a los medios de gracia y nuestra lectura de buenos libros no podrían dejar de enriquecernos espiritualmente. No perderá su pan quien cuidó de comerlo enseguida, ni puede ser privado del beneficio de la doctrina quien ya ha obrado conforme a ella. La mayor parte de los lectores y de los oyentes llegan a conmoverse hasta proponerse enmendarse; pero, ¡ay!, el propósito es una flor que no ha cuajado, y por eso no viene fruto de él; esperan, vacilan, y luego olvidan, hasta que, como los estanques en las noches de helada, cuando el sol brilla de día, solo alcanzan a deshelarse a tiempo de helarse otra vez. Ese mañana fatal está rojo de sangre por el asesinato de hermosas resoluciones; es el matadero de los inocentes. Nos importa en gran manera que nuestro pequeño libro de «Lecturas de la tarde» no quede sin fruto y, por tanto, rogamos que los lectores no sean solo lectores, sino hacedores de la palabra. La práctica de la verdad es la lectura más provechosa de ella. Si el lector, al recorrer estas páginas, quedare impresionado de algún deber, apresúrese a cumplirlo antes de que el santo ardor se haya apartado de su alma, y deje sus redes, y todo cuanto tiene, antes que ser hallado rebelde al llamamiento del Maestro. ¡No des lugar al diablo con la tardanza! Date prisa mientras la oportunidad y la vivificación se hallan en feliz conjunción. No quedes preso en tus propias redes, sino rompe las mallas de la mundanalidad, y vete adonde la gloria te llama. Feliz el escritor que halle lectores resueltos a poner por obra sus enseñanzas: su cosecha será a ciento por uno, y su Maestro tendrá gran honra. Quiera Dios que tal sea nuestra recompensa por estas breves meditaciones y estos apuntes apresurados. ¡Concédelo, oh Señor, a tu siervo!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde