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18 de junio

Mañana

Isaías 54:5«tu redentor»

Jesús, el Redentor, es enteramente nuestro, y nuestro para siempre. Todos los oficios de Cristo los desempeña en favor nuestro. Es rey por nosotros, sacerdote por nosotros y profeta por nosotros. Siempre que leamos un título nuevo del Redentor, apropiémonoslo como nuestro bajo ese nombre, tanto como bajo cualquier otro. El cayado del pastor, la vara del padre, la espada del capitán, la mitra del sacerdote, el cetro del príncipe, el manto del profeta: todos son nuestros. Jesús no tiene dignidad alguna que no haya de emplear para nuestra exaltación, ni prerrogativa alguna que no haya de ejercer para nuestra defensa. Su plenitud de Deidad es nuestra casa de tesoro, infalible e inagotable.

Su humanidad también, la que tomó sobre sí por nosotros, es nuestra en toda su perfección. A nosotros nuestro Señor lleno de gracia nos comunica la virtud inmaculada de un carácter sin mancha; a nosotros nos da la eficacia meritoria de una vida entregada; sobre nosotros otorga la recompensa alcanzada por la sumisión obediente y el servicio incesante. Hace de la vestidura sin mancilla de su vida la hermosura que nos cubre; de las virtudes resplandecientes de su carácter, nuestros adornos y nuestras joyas; y de la mansedumbre sobrehumana de su muerte, nuestro blasón y nuestra gloria. Nos lega su pesebre, para que aprendamos de él cómo Dios descendió hasta el hombre; y su Cruz, para enseñarnos cómo el hombre puede subir a Dios. Todos sus pensamientos, emociones, acciones, palabras, milagros e intercesiones fueron por nosotros. Anduvo en nuestro lugar el camino del dolor, y nos ha traspasado, como legado celestial, el fruto pleno de todos los trabajos de su vida. Ahora es tan nuestro como lo ha sido hasta aquí; y no se sonroja de reconocerse «nuestro Señor Jesucristo», aunque es «el Bienaventurado y solo Poderoso, Rey de reyes, y Señor de señores». Cristo, por doquier y de todos modos, es nuestro Cristo, para gozarlo con toda riqueza por los siglos de los siglos. ¡Oh alma mía, por el poder del Espíritu Santo! Llámalo esta mañana «tu redentor».

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Cantares 5:1«YO vine á mi huerto, oh hermana, esposa [mía]»

El corazón del creyente es el huerto de Cristo. Lo compró con su sangre preciosa, y entra en él y lo reclama como suyo. Un huerto implica separación. No es el campo comunal; no es un yermo; está rodeado de muro, o cercado de seto. ¡Ojalá viéramos el muro de separación entre la iglesia y el mundo hacerse más ancho y más fuerte! Entristece oír a cristianos que dicen: «Bueno, no hay mal en esto; no hay mal en aquello», arrimándose así al mundo todo lo que pueden. La gracia está en baja marea en aquella alma que siquiera puede plantear la pregunta de hasta dónde le es lícito llegar en la conformidad con el mundo. Un huerto es un lugar de hermosura: supera con mucho las tierras silvestres y sin cultivar. El cristiano genuino ha de procurar ser más excelente en su vida que el mejor moralista, porque el huerto de Cristo debe producir las mejores flores de todo el mundo. Aun lo mejor es pobre comparado con lo que Cristo merece; no lo despachemos con plantas marchitas y enanas. Los lirios y las rosas más raros, más ricos y más escogidos deben florecer en el lugar que Jesús llama suyo. El huerto es un lugar de crecimiento. Los santos no han de quedarse sin desarrollarse, siempre meros capullos y flores. Hemos de crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El crecimiento ha de ser rápido donde Jesús es el Labrador, y el Espíritu Santo el rocío de lo alto. Un huerto es un lugar de retiro. Así el Señor Jesucristo quiere que reservemos nuestras almas como un lugar en el cual pueda manifestarse, como no se manifiesta al mundo. ¡Ojalá los cristianos vivieran más recogidos, y guardaran el corazón más estrechamente cerrado para Cristo! A menudo nos afanamos y nos turbamos, como Marta, con mucho servicio, de suerte que no tenemos para Cristo el lugar que tenía María, y no nos sentamos a sus pies como debiéramos. Conceda el Señor los dulces aguaceros de su gracia, para regar hoy su huerto.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde