25 de mayo
Mañana
Salmos 38:21«No me desampares, oh Jehová»Con frecuencia oramos para que Dios no nos desampare en la hora de la prueba y de la tentación, pero olvidamos demasiado que tenemos necesidad de usar esta oración en todo tiempo. No hay momento de nuestra vida, por santo que sea, en el cual podamos prescindir de su constante sostén. Sea en la luz o en la oscuridad, en la comunión o en la tentación, igualmente necesitamos la oración: «No me desampares, oh Jehová». «Sostenme, y seré salvo». Un niño pequeño, mientras aprende a andar, necesita siempre el auxilio de la nodriza. La nave que el piloto deja deriva al instante fuera de su rumbo. No podemos prescindir del auxilio continuo de lo alto; sea, pues, hoy tu oración: «No me desampares. Padre, no desampares a tu hijo, no sea que caiga por mano del enemigo. Pastor, no desampares a tu cordero, no sea que se extravíe de la seguridad del redil. Gran Labrador, no desampares tu planta, no sea que se marchite y muera. No me desampares, oh Jehová, ahora; y no me desampares en ningún momento de mi vida. No me desampares en mis gozos, no sea que absorban mi corazón. No me desampares en mis tristezas, no sea que murmure contra ti. No me desampares en el día de mi arrepentimiento, no sea que pierda la esperanza del perdón y caiga en la desesperación; y no me desampares en el día de mi fe más fuerte, no sea que la fe degenere en presunción. No me desampares, porque sin ti soy débil, pero contigo soy fuerte. No me desampares, porque mi senda es peligrosa y está llena de lazos, y no puedo prescindir de tu guía. La gallina no desampara su cría; cúbreme tú, pues, para siempre con tus plumas, y permíteme hallar mi refugio bajo tus alas. No te alejes de mí, oh Jehová, porque la angustia está cerca; porque no hay quien ayude. No me dejes y no me desampares, Dios de mi salud.»
¡Oh, por siempre en nuestro pecho purificado manda que repose tu Espíritu Eterno; y haz que nuestra alma secreta sea un templo puro y digno de ti!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Lucas 24:33,35«Y levantándose en la misma hora, tornáronse á Jerusalem … ellos contaban las cosas que [les habían acontecido] en el camino, y cómo había sido conocido de ellos»Cuando los dos discípulos hubieron llegado a Emaús, y se reponían con la comida de la tarde, el misterioso desconocido que tanto los había encantado en el camino tomó el pan y lo partió, se dio a conocer a ellos, y luego desapareció de su vista. Lo habían constreñido a quedarse con ellos, porque el día ya había declinado; pero ahora, aunque era mucho más tarde, su amor era lámpara para sus pies, sí, y también alas; olvidaron la oscuridad, su cansancio se había ido del todo, y al punto desanduvieron los sesenta estadios para contar la alegre nueva de un Señor resucitado, que se les había aparecido en el camino. Llegaron adonde los cristianos en Jerusalén, y fueron recibidos por un estallido de nuevas gozosas antes de que pudieran contar su propio relato. Estos primeros cristianos ardían todos por hablar de la resurrección de Cristo y por proclamar lo que sabían del Señor; hacían de sus experiencias una propiedad común. Esta tarde, que su ejemplo nos impresione profundamente. También nosotros hemos de dar nuestro testimonio acerca de Jesús. El relato de Juan acerca del sepulcro necesitaba ser completado por el de Pedro; y María podía hablar de algo más todavía; reunidos, tenemos un testimonio pleno, del cual nada se puede quitar. Cada uno de nosotros tiene dones particulares y manifestaciones especiales; pero el único objeto que Dios tiene a la vista es el perfeccionamiento de todo el cuerpo de Cristo. Hemos, por tanto, de traer nuestras posesiones espirituales y ponerlas a los pies del apóstol, y repartir a todos lo que Dios nos ha dado. No retengas parte alguna de la preciosa verdad, sino di lo que sabes, y testifica lo que has visto. No dejes que el afán, ni la oscuridad, ni la posible incredulidad de tus amigos pesen un solo momento en la balanza. ¡Arriba, y ponte en marcha hacia el lugar del deber, y cuenta allí cuán grandes cosas ha mostrado Dios a tu alma!
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde