2 de mayo
Mañana
Juan 17:15«No ruego que los quites del mundo»Es un suceso dulce y bienaventurado el que les ocurrirá a todos los creyentes en el tiempo propio de Dios: el ir a casa para estar con Jesús. Dentro de unos pocos años más, los soldados del Señor, que ahora pelean «la buena batalla de la fe», habrán acabado con el conflicto y habrán entrado en el gozo de su Señor. Pero, aunque Cristo ruega que su pueblo esté al fin con él donde él está, no pide que sean llevados de una vez de este mundo al cielo. Desea que permanezcan aquí. Con todo, cuán a menudo eleva el peregrino cansado la oración: «¡Quién me diese alas como de paloma! volaría yo, y descansaría.» Pero Cristo no ora así: nos deja en las manos de su Padre, hasta que, como gavillas de trigo del todo maduras, seamos recogidos cada uno en el granero de nuestro Amo. Jesús no suplica nuestro traslado inmediato por medio de la muerte, porque permanecer en la carne es necesario para otros, aunque no sea provechoso para nosotros mismos. Pide que seamos guardados del mal, pero nunca pide que seamos admitidos a la herencia en la gloria hasta que seamos de edad cumplida. Los cristianos a menudo quieren morir cuando tienen alguna tribulación. Pregúntales por qué, y te dirán: «Porque querríamos estar con el Señor». Tememos que no sea tanto porque anhelan estar con el Señor, cuanto porque desean librarse de sus tribulaciones; de otro modo sentirían el mismo deseo de morir en otras ocasiones, cuando no están bajo la presión de la prueba. Quieren irse a casa, no tanto por la compañía del Salvador, como por estar en descanso. Ahora bien, es del todo correcto desear partir, si podemos hacerlo con el mismo espíritu con que lo hizo Pablo, porque estar con Cristo es mucho mejor; pero el deseo de escapar de la tribulación es egoísta. Antes bien, sea tu cuidado y tu deseo glorificar a Dios con tu vida aquí mientras a él le plazca, aunque sea en medio del trabajo, del conflicto y del sufrimiento, y déjale a él decir cuándo «Basta ahora».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Hebreos 11:13«Conforme á la fe murieron todos éstos»¡He aquí el epitafio de todos aquellos santos bienaventurados que se durmieron antes de la venida de nuestro Señor! Nada importa de qué otra manera murieron, ya de vejez, ya por medios violentos; este único punto, en el cual todos concuerdan, es el más digno de quedar registrado: «Conforme á la fe murieron todos éstos». En fe vivieron: era su consuelo, su guía, su motivo y su sostén; y en la misma gracia espiritual murieron, acabando el cántico de su vida en la dulce melodía en que tanto tiempo habían continuado. No murieron descansando en la carne ni sobre sus propios logros; no se apartaron de su primer modo de aceptación para con Dios, sino que se mantuvieron en el camino de la fe hasta el fin. La fe es tan preciosa para morir por medio de ella como para vivir por medio de ella.
Morir en fe tiene una referencia definida al pasado. Creyeron las promesas que habían precedido, y estaban seguros de que sus pecados habían sido borrados por la misericordia de Dios. Morir en fe tiene que ver con el presente. Estos santos estaban confiados de su aceptación para con Dios, gozaban los rayos de su amor y descansaban en su fidelidad. Morir en fe mira hacia el futuro. Se durmieron afirmando que el Mesías ciertamente vendría, y que, cuando en los últimos días apareciera sobre la tierra, ellos se levantarían de sus sepulcros para contemplarlo. Para ellos, los dolores de la muerte no eran sino los dolores de parto de un estado mejor. Cobra ánimo, alma mía, al leer este epitafio. Tu carrera, por gracia, es de fe, y la vista rara vez te alienta; este ha sido también el sendero de los más resplandecientes y de los mejores. La fe fue la órbita en la cual estas estrellas de primera magnitud se movieron todo el tiempo de su resplandor aquí; y bienaventurada eres tú de que sea la tuya. Mira de nuevo esta noche a Jesús, el autor y consumador de tu fe, y dale gracias por haberte dado una fe igualmente preciosa con las almas que ahora están en gloria.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde