‹ Devocional

30 de abril

Mañana

Números 14:2«Y quejáronse contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel»

Hay murmuradores entre los cristianos ahora, como los hubo en el campamento de Israel antaño. Hay quienes, cuando cae la vara, claman contra la dispensación aflictiva. Preguntan: «¿Por qué soy afligido así? ¿Qué he hecho para ser castigado de este modo?» Una palabra contigo, oh murmurador. ¿Por qué habrías de murmurar contra las dispensaciones de tu Padre celestial? ¿Puede tratarte con más dureza de la que mereces? Considera qué rebelde fuiste una vez, ¡pero él te ha perdonado! Ciertamente, si él en su sabiduría ve conveniente castigarte ahora, no debieras quejarte. Después de todo, ¿eres herido tan duramente como merecen tus pecados? Considera la corrupción que hay en tu pecho, y entonces ¿te maravillarás de que haga falta tanta vara para sacarla? Pésate, y discierne cuánta escoria está mezclada con tu oro; ¿y piensas que el fuego está demasiado caliente para purgar tanta escoria como tienes? ¿No prueba ese espíritu soberbio y rebelde tuyo que tu corazón no está enteramente santificado? ¿No son esas palabras de murmuración contrarias a la naturaleza santa y sumisa de los hijos de Dios? ¿No hace falta la corrección? Pero si has de murmurar contra el castigo, mira bien, porque les irá mal a los murmuradores. Dios siempre castiga a sus hijos dos veces, si no sobrellevan el primer golpe con paciencia. Pero sabe una cosa: «no aflige ni congoja de su corazón á los hijos de los hombres.» Todas sus correcciones son enviadas en amor, para purificarte y para acercarte más a él. Ciertamente ha de ayudarte a sobrellevar el castigo con resignación si eres capaz de reconocer la mano de tu Padre. Porque «el Señor al que ama castiga, y azota á cualquiera que recibe por hijo. Si sufrís el castigo, Dios se os presenta como á hijos.» «Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 139:17«¡cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!»

La omnisciencia divina no da consuelo a la mente impía, pero al hijo de Dios le rebosa de consolación. Dios está siempre pensando en nosotros, nunca aparta de nosotros su mente, nos tiene siempre delante de sus ojos; y esto es precisamente como lo querríamos, porque sería espantoso existir un momento más allá de la observación de nuestro Padre celestial. Sus pensamientos son siempre tiernos, amorosos, sabios, prudentes, de largo alcance, y nos traen beneficios sin cuento: de ahí que sea un deleite escogido recordarlos. El Señor siempre pensó en su pueblo: de ahí su elección y el pacto de gracia por el cual su salvación está asegurada; siempre pensará en ellos: de ahí su perseverancia final, por la cual serán llevados a salvo a su reposo final. En todos nuestros extravíos la mirada vigilante del Vigilante eterno está fijada de continuo sobre nosotros: nunca vagamos más allá del ojo del Pastor. En nuestros dolores nos observa sin cesar, y no se le escapa una punzada; en nuestros trabajos nota todo nuestro cansancio, y escribe en su libro todas las luchas de sus fieles. Estos pensamientos del Señor nos cercan en todas nuestras sendas, y penetran la región más íntima de nuestro ser. Ni un nervio ni un tejido, ni una válvula ni un vaso, de nuestra organización corporal queda sin cuidado; todas las pequeñeces de nuestro pequeño mundo son pensadas por el gran Dios.

Querido lector, ¿te es esto precioso? Entonces aférrate a ello. Nunca te dejes extraviar por aquellos necios filosóficos que predican un Dios impersonal, y hablan de una materia que existe por sí y se gobierna a sí misma. El Señor vive y piensa en nosotros: esta es una verdad demasiado preciosa para que se nos robe a la ligera. La atención de un noble se estima tan alto que quien la tiene cuenta hecha su fortuna; pero ¡qué es ser pensado por el Rey de reyes! Si el Señor piensa en nosotros, todo está bien, y podemos regocijarnos siempre.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde