7 de abril
Mañana
Salmos 4:2«Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra en infamia?»Un escritor instructivo ha hecho una lista luctuosa de los honores que el pueblo cegado de Israel otorgó a su Rey tan largamente esperado.
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Le dieron una procesión de honor, en la cual tomaron parte legionarios romanos, sacerdotes judíos, hombres y mujeres, llevando él mismo su cruz. Este es el triunfo que el mundo otorga a aquel que viene a derribar los enemigos más terribles del hombre. Los gritos de burla son sus únicas aclamaciones, y las pullas crueles sus únicos peanes de alabanza.
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Le presentaron el vino de honor. En vez de una copa de oro de vino generoso, le ofrecieron el brebaje estupefaciente de muerte del criminal, el cual rehusó porque quería conservar un gusto intacto con que gustar la muerte; y después, cuando clamó «Sed tengo», le dieron vinagre mezclado con hiel, metido en su boca sobre una esponja. ¡Oh! mísera y detestable inhospitalidad para con el Hijo del Rey.
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Se le proveyó de una guardia de honor, que mostró su estima por él jugándose sus vestidos, que habían tomado como botín. Tal fue la guardia de corps del adorado del cielo: un cuaternión de jugadores brutales.
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Se le halló un trono de honor sobre el árbol sangriento; ningún lugar de descanso más fácil quisieron dar los hombres rebeldes a su Señor soberano. La cruz fue, de hecho, la expresión plena del sentimiento del mundo hacia él; «Ahí», parecían decir, «tú, Hijo de Dios, esta es la manera en que Dios mismo debería ser tratado, si pudiéramos alcanzarlo.»
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El título de honor era nominalmente «Rey de los Judíos», pero eso lo repudió con claridad la nación cegada, y en realidad lo llamó «Rey de ladrones», al preferir a Barrabás y al colocar a Jesús en el lugar de la más alta vergüenza, entre dos ladrones. Su gloria fue así en todas las cosas vuelta en infamia por los hijos de los hombres, pero aún alegrará los ojos de los santos y de los ángeles, por los siglos de los siglos.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 51:14«Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salud: cantará mi lengua tu justicia.»En esta confesión solemne, es grato observar que David nombra llanamente su pecado. No lo llama homicidio involuntario, ni habla de él como una imprudencia por la cual un accidente desgraciado ocurrió a un hombre digno, sino que lo llama por su verdadero nombre: homicidios, culpa de sangre. No mató de hecho al marido de Betsabé; pero aun así fue planeado en el corazón de David que Urías fuera muerto, y delante del Señor él era su homicida. Aprende en la confesión a ser honesto con Dios. No des nombres hermosos a pecados feos; llámalos como quieras, no olerán más dulce. Lo que Dios ve que son, eso procura tú sentir que son; y con toda apertura de corazón reconoce su carácter real. Observa que David estaba evidentemente oprimido por la enormidad de su pecado. Es fácil usar palabras, pero es difícil sentir su significado. El salmo cincuenta y uno es la fotografía de un espíritu contrito. Busquemos una quebrantadura de corazón semejante; porque, por excelentes que sean nuestras palabras, si nuestro corazón no es consciente de que el pecado merece el infierno, no podemos esperar hallar perdón.
Nuestro texto contiene una oración ferviente: está dirigida al Dios de la salvación. Es prerrogativa suya perdonar; es su mismo nombre y oficio salvar a los que buscan su rostro. Mejor aún, el texto lo llama el Dios de mi salud. Sí, bendito sea su nombre: mientras aún voy a él por la sangre de Jesús, puedo regocijarme en el Dios de mi salud.
El salmista termina con un voto loable: si Dios lo libra, cantará; es más, «cantará» en alta voz. ¡Quién puede cantar de otro modo de una misericordia como esta! Pero nota el tema del cántico: «tu justicia.» Hemos de cantar de la obra consumada de un Salvador precioso; y el que más conoce el amor que perdona cantará más alto.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde