21 de febrero
Mañana
Hebreos 13:5«él dijo»Si tan solo podemos asir estas palabras por la fe, tenemos en la mano un arma que todo lo vence. ¿Qué duda no será muerta por esta espada de dos filos? ¿Qué temor hay que no caiga herido de muerte ante esta saeta del arco del pacto de Dios? ¿No parecerán las angustias de la vida y los dolores de la muerte; no parecerán las corrupciones de dentro y los lazos de fuera; no parecerán las pruebas de arriba y las tentaciones de abajo, todas ellas, sino aflicciones leves, cuando podamos escondernos bajo el baluarte de «él dijo»? Sí; ya para el deleite en nuestra quietud, ya para la fuerza en nuestro combate, «él dijo» ha de ser nuestro recurso de cada día. Y esto puede enseñarnos el valor extremo de escudriñar las Escrituras. Puede haber en la Palabra una promesa que se ajuste exactamente a tu caso, pero quizá no la conozcas, y por eso pierdes su consuelo. Eres como los prisioneros de un calabozo, y puede haber en el manojo de llaves una llave que abriría la puerta, y podrías quedar libre; pero si no la buscas, puedes seguir preso, aunque la libertad esté tan a la mano. Puede haber una medicina potente en la gran farmacopea de la Escritura, y puedes seguir enfermo a menos que te decidas a examinar y escudriñar las Escrituras para descubrir lo que «él dijo». ¿No deberías, además de leer la Biblia, atesorar ricamente en la memoria las promesas de Dios? Puedes recordar los dichos de los grandes hombres; atesoras los versos de poetas renombrados; ¿no deberías ser profundo en el conocimiento de las palabras de Dios, de modo que puedas citarlas con prontitud cuando quieras resolver una dificultad o derribar una duda? Puesto que «él dijo» es la fuente de toda sabiduría y el manantial de todo consuelo, que habite en ti ricamente, como «una fuente de agua que salte para vida eterna». Así crecerás sano, fuerte y feliz en la vida divina.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Hechos 8:30«¿entiendes lo que lees?»Seríamos maestros más capaces de los demás, y menos propensos a ser llevados de un lado a otro por todo viento de doctrina, si procuráramos tener un entendimiento más inteligente de la Palabra de Dios. Puesto que el Espíritu Santo, el Autor de las Escrituras, es el único que puede alumbrarnos para entenderlas rectamente, debemos pedir sin cesar su enseñanza y su guía hacia toda la verdad. Cuando el profeta Daniel quiso interpretar el sueño de Nabucodonosor, ¿qué hizo? Se entregó a la oración ferviente para que Dios le abriera la visión. El apóstol Juan, en su visión en Patmos, vio un libro sellado con siete sellos, que nadie fue hallado digno de abrir, ni siquiera de mirar. El libro fue abierto después por el León de la tribu de Judá, que había vencido para abrirlo; pero primero está escrito: «yo lloraba mucho». Las lágrimas de Juan, que eran sus oraciones líquidas, fueron, por lo que a él tocaba, las llaves sagradas con que se abrió el libro plegado. Por tanto, si para provecho tuyo y de los demás deseas estar «lleno del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y espiritual inteligencia», recuerda que la oración es tu mejor medio de estudio: como Daniel, entenderás el sueño y su interpretación cuando hayas buscado a Dios; y como Juan verás sueltos los siete sellos de la verdad preciosa, después de haber llorado mucho. Las piedras no se rompen sino con el uso ferviente del martillo; y el picapedrero ha de ponerse de rodillas. Usa el martillo de la diligencia, y ejercita la rodilla de la oración, y no hay doctrina pedregosa en la revelación que te sea útil entender que no salte hecha añicos bajo el ejercicio de la oración y de la fe. Puedes abrirte paso a través de cualquier cosa con la palanca de la oración. Los pensamientos y los razonamientos son como las cuñas de acero que dan presa en la verdad; pero la oración es la palanca, la barra que abre a la fuerza el cofre de hierro del misterio sagrado, para que obtengamos el tesoro escondido dentro.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde