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10 de febrero

Mañana

Filipenses 4:12«sé tener abundancia»

Hay muchos que saben «cómo estar humillado», que no han aprendido «cómo tener abundancia». Cuando se les pone en la cima de un pináculo, se les marea la cabeza, y están a punto de caer. El cristiano deshonra su profesión mucho más a menudo en la prosperidad que en la adversidad. Es cosa peligrosa ser próspero. El crisol de la adversidad es para el cristiano una prueba menos severa que la vasija de afinar de la prosperidad. ¡Oh, qué flaqueza de alma y qué descuido de las cosas espirituales han sobrevenido por las mismas misericordias y larguezas de Dios! Con todo, esto no sucede por necesidad, porque el apóstol nos dice que él sabía tener abundancia. Cuando tenía mucho, sabía cómo usarlo. La gracia abundante lo capacitó para sobrellevar la prosperidad abundante. Cuando iba a vela llena, llevaba mucho lastre, y así flotaba seguro. Hace falta más que destreza humana para llevar con mano firme la copa rebosante del gozo mortal; sin embargo, Pablo había aprendido esa destreza, porque declara: «en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura como para hambre». Es lección divina saber estar harto, porque los israelitas estuvieron hartos una vez, pero, mientras la carne aún estaba en su boca, la ira de Dios vino sobre ellos. Muchos han pedido misericordias para satisfacer la concupiscencia de su propio corazón. La hartura de pan ha producido muchas veces hartura de sangre, y esto ha traído desenfreno de espíritu. Cuando tenemos mucho de las misericordias providenciales de Dios, sucede a menudo que tenemos apenas un poco de la gracia de Dios, y poca gratitud por las larguezas que hemos recibido. Estamos hartos, y olvidamos a Dios: satisfechos con la tierra, nos contentamos con prescindir del cielo. Ten por seguro que es más difícil saber estar harto que saber tener hambre: tan desesperada es la tendencia de la naturaleza humana al orgullo y al olvido de Dios. Procura pedir en tus oraciones que Dios te enseñe «cómo estar harto».

No dejes que los dones que tu amor concede enajenen de ti nuestros corazones.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Isaías 44:22«Yo deshice como á nube tus rebeliones, y como á niebla tus pecados: tórnate á mí, porque yo te redimí.»

Observa con atención la semejanza instructiva: nuestros pecados son como una nube. Como las nubes son de muchas formas y matices, así son nuestras transgresiones. Como las nubes oscurecen la luz del sol y ensombrecen el paisaje de abajo, así nuestros pecados nos esconden la luz del rostro de Jehová y nos hacen sentar en sombra de muerte. Son cosas nacidas de la tierra, y suben de los lugares cenagosos de nuestra naturaleza; y cuando se juntan de modo que su medida está llena, nos amenazan con tormenta y tempestad. ¡Ay!, que, a diferencia de las nubes, nuestros pecados no nos dan lluvias benignas, sino que más bien amenazan con anegarnos en un diluvio ardiente de destrucción. ¡Oh nubes negras del pecado!, ¿cómo puede hacer buen tiempo en nuestras almas mientras ustedes permanezcan?

Que nuestro ojo gozoso se detenga en el acto notable de la misericordia divina: «el borrar». Dios mismo aparece en la escena y, en divina benignidad, en vez de manifestar su ira, revela su gracia: quita el daño al punto y para siempre, con eficacia, no echando la nube de un soplo, sino borrándola de la existencia de una vez por todas. Contra el hombre justificado no queda pecado alguno; la gran transacción de la cruz ha quitado eternamente de él sus transgresiones. En la cumbre del Calvario, el gran hecho por el cual el pecado de todos los escogidos fue quitado para siempre se realizó por completo y con eficacia.

En la práctica, obedezcamos el mandato lleno de gracia: «tórnate á mí». ¿Por qué habrían de vivir a distancia de su Dios los pecadores perdonados? Si todos nuestros pecados nos han sido perdonados, que ningún temor legal nos prive del acceso más osado a nuestro Señor. Laméntense los retrocesos, pero no perseveremos en ellos. A la mayor cercanía posible de comunión con el Señor, esforcémonos con denuedo, en el poder del Espíritu Santo, por volver. ¡Oh Señor, esta noche restáuranos!

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde