8 de febrero
Mañana
Mateo 1:21«llamarás su nombre JESUS»Cuando una persona es querida, todo lo que con ella se relaciona se vuelve querido por causa de ella. Así, tan preciosa es la persona del Señor Jesús en la estima de todos los verdaderos creyentes, que todo lo que a él atañe lo consideran inestimable, más allá de todo precio. «Mirra, áloe, y casia [exhalan] todos tus vestidos», dijo David, como si los vestidos mismos del Salvador quedaran tan perfumados de dulzura por su persona, que no pudiera sino amarlos. Cierto es que no hay lugar que haya hollado aquel pie santificado, ni palabra que hayan proferido aquellos labios benditos, ni pensamiento que haya revelado su amorosa Palabra, que no sea para nosotros precioso más allá de todo precio. Y esto es cierto de los nombres de Cristo: todos son dulces al oído del creyente. Ya se le llame el Marido de la Iglesia, su Esposo, su Amigo; ya se le designe el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, el Rey, el Profeta o el Sacerdote; todo título de nuestro Maestro —Siloh, Emmanuel, Admirable, el Consejero fuerte—, todo nombre es como el panal que destila miel, y deliciosas son las gotas que de él se destilan. Pero si hay un nombre más dulce que otro al oído del creyente, es el nombre de Jesús. ¡Jesús! Es el nombre que mueve las arpas del cielo a la melodía. ¡Jesús! La vida de todos nuestros gozos. Si hay un nombre más encantador, más precioso que otro, es este nombre. Está tejido en la urdimbre y la trama mismas de nuestra salmodia. Muchos de nuestros himnos comienzan con él, y apenas alguno que valga para algo termina sin él. Es la suma total de todos los deleites. Es la música con que repican las campanas del cielo; un cántico en una palabra; un océano para la comprensión, aunque una gota por la brevedad; un oratorio sin par en dos sílabas; un recoger los aleluyas de la eternidad en cinco letras.
Jesús, amo tu nombre encantador; es música para mi oído.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Mateo 1:21«él salvará á su pueblo de sus pecados»Muchas personas, si se les pregunta qué entienden por salvación, responderán: «Ser salvos del infierno y llevados al cielo». Este es un resultado de la salvación, pero no es ni la décima parte de lo que contiene ese don. Verdad es que nuestro Señor Jesucristo redime a todo su pueblo de la ira venidera; los salva de la temible condenación que sus pecados habían traído sobre ellos; pero su triunfo es mucho más completo que esto. Él salva a su pueblo «de sus pecados». ¡Oh, dulce liberación de nuestros peores enemigos! Donde Cristo obra una obra salvadora, arroja a Satanás de su trono, y no le permite seguir siendo amo. Ningún hombre es verdadero cristiano si el pecado reina en su cuerpo mortal. El pecado estará en nosotros; nunca será expulsado del todo hasta que el espíritu entre en la gloria; pero nunca tendrá dominio. Habrá un forcejeo por el dominio, una codicia que se levanta contra la nueva ley y el nuevo espíritu que Dios ha implantado; pero el pecado nunca tomará tal ventaja que llegue a ser monarca absoluto de nuestra naturaleza. Cristo será el Amo del corazón, y el pecado ha de ser mortificado. El León de la tribu de Judá prevalecerá, y el dragón será echado fuera. ¡Tú que profesas! ¿Está el pecado sometido en ti? Si tu vida no es santa, tu corazón no ha cambiado; y si tu corazón no ha cambiado, eres una persona no salva. Si el Salvador no te ha santificado, no te ha renovado, no te ha dado odio al pecado y amor a la santidad, nada ha hecho en ti de carácter salvador. La gracia que no hace a un hombre mejor que los demás es una falsificación sin valor. Cristo salva a su pueblo, no en sus pecados, sino de ellos. «La santidad, sin la cual nadie verá al Señor». «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.» Si no somos salvos del pecado, ¿cómo esperaremos ser contados entre su pueblo? Señor, sálvame ahora de todo mal, y hazme capaz de honrar a mi Salvador.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde