7 de febrero
Mañana
Miqueas 2:10«Levantaos, y andad»Se acerca la hora en que el mensaje vendrá a nosotros, como llega a todos: «Levántate, y sal de la casa en que has morado, de la ciudad en que has hecho tus negocios, de tu familia, de tus amigos. Levántate, y emprende tu último viaje». ¿Y qué sabemos del viaje? ¿Y qué sabemos del país adonde vamos? Un poco hemos leído de él, y algo nos ha sido revelado por el Espíritu; pero ¡cuán poco sabemos de los reinos del porvenir! Sabemos que hay un río negro y tormentoso llamado «Muerte». Dios nos manda cruzarlo, prometiendo estar con nosotros. Y, después de la muerte, ¿qué viene? ¿Qué mundo de maravillas se abrirá ante nuestra vista asombrada? ¿Qué escena de gloria se desplegará ante nuestra mirada? Ningún viajero ha vuelto jamás a contarlo. Pero sabemos lo bastante de la tierra celestial para acoger con gozo y alegría el llamado a ir allá. El viaje de la muerte puede ser oscuro, pero podemos emprenderlo sin temor, sabiendo que Dios está con nosotros mientras caminamos por el valle sombrío, y que por eso no hemos de temer mal alguno. Nos apartaremos de todo lo que aquí hemos conocido y amado, pero iremos a la casa de nuestro Padre, al hogar de nuestro Padre, donde está Jesús, a aquella real «ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios». Esta será nuestra última mudanza, para habitar para siempre con aquel a quien amamos, en medio de su pueblo, en la presencia de Dios. Cristiano, medita mucho en el cielo; te ayudará a proseguir y a olvidar la fatiga del camino. Este valle de lágrimas no es sino la senda hacia la patria mejor; este mundo de aflicción no es sino el escalón hacia un mundo de dicha.
Prepáranos, Señor, por gracia divina, para tus atrios resplandecientes en lo alto; ordena luego que nuestros espíritus suban, y se unan al coro del cielo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Apocalipsis 11:12«Y oyeron una grande voz del cielo, que les decía: Subid acá.»Sin considerar estas palabras en su conexión profética, mirémoslas como la invitación de nuestro gran Precursor a su pueblo santificado. A su tiempo se oirá «una grande voz del cielo» a todo creyente, que dice: «Subid acá.» Esto debe ser para los santos tema de gozosa expectación. En vez de temer el tiempo en que dejaremos este mundo para ir al Padre, deberíamos suspirar por la hora de nuestra emancipación. Nuestro cántico debería ser:
Mi corazón está con él en su trono, y mal soporta la demora; a cada momento aguarda la voz: «Levántate y ven ya».
No se nos llama abajo, a la tumba, sino arriba, a los cielos. Nuestros espíritus, nacidos del cielo, deberían anhelar su aire nativo. Con todo, la convocatoria celestial debe ser objeto de paciente espera. Nuestro Dios sabe mejor cuándo mandarnos «Subid acá.» No debemos querer adelantar el plazo de nuestra partida. Sé que el amor fuerte nos hará clamar:
¡Oh Señor de los ejércitos, divide las olas, y haznos tomar tierra a todos en el cielo!
Pero la paciencia ha de tener su obra perfecta. Dios ordena con sabiduría exacta el tiempo más adecuado para que los redimidos permanezcan aquí abajo. Ciertamente, si pudiera haber pesares en el cielo, los santos podrían lamentar no haber vivido más tiempo aquí para hacer más bien. ¡Oh, más gavillas para el granero de mi Señor! ¡Más joyas para su corona! Pero ¿cómo, a menos que haya más obra? Cierto es que está el otro lado: que, viviendo tan breve tiempo, nuestros pecados son menos; pero ¡oh!, cuando servimos a Dios plenamente, y él nos concede esparcir semilla preciosa y segar el ciento por uno, hasta diríamos que nos conviene permanecer donde estamos. Ya diga nuestro Maestro «vete» o «quédate», quedemos igualmente contentos mientras nos favorezca con su presencia.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde