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5 de febrero

Mañana

1 Juan 4:14«el Padre ha enviado al Hijo [para ser] Salvador del mundo»

Es un pensamiento dulce que Jesucristo no salió sin el permiso, la autoridad, el consentimiento y la ayuda de su Padre. Fue enviado del Padre para que fuera el Salvador de los hombres. Somos demasiado propensos a olvidar que, si bien hay distinciones en cuanto a las personas en la Trinidad, no hay distinciones de honor. Con demasiada frecuencia atribuimos el honor de nuestra salvación, o al menos las profundidades de su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Este es un error muy grande. ¿Qué, si Jesús vino? ¿No lo envió su Padre? Si habló maravillosamente, ¿no derramó su Padre gracia en sus labios, para que fuera un ministro capaz del nuevo pacto? Quien conoce al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo como debe conocerlos, nunca antepone a uno sobre otro en su amor; los ve en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, a todos igualmente ocupados en la obra de la salvación. Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el Hombre Cristo Jesús? ¿Has puesto tu apoyo únicamente en él? ¿Y estás unido a él? Cree entonces que estás unido al Dios del cielo. Puesto que eres hermano del Hombre Cristo Jesús, y tienes con él la comunión más estrecha, por ello estás enlazado con el Dios Eterno, y «el Anciano de grande edad» es tu Padre y tu amigo. ¿Consideraste alguna vez la profundidad del amor en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre equipó a su Hijo para la gran empresa de la misericordia? Si no, sea esta la meditación de tu día. ¡El Padre lo envió! Contempla ese tema. Piensa cómo Jesús obra lo que el Padre quiere. En las heridas del Salvador moribundo ve el amor del gran YO SOY. Que todo pensamiento de Jesús esté también unido al Dios Eterno, siempre bendito, porque «Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole á padecimiento.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Mateo 11:25«En aquel tiempo, respondiendo Jesús»

Es una manera singular de comenzar un versículo: «En aquel tiempo, respondiendo Jesús». Si miras el contexto, no percibirás que persona alguna le hubiera hecho una pregunta, ni que estuviera en conversación con ser humano alguno. Sin embargo, está escrito: «respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre». Cuando un hombre responde, responde a una persona que le ha estado hablando. ¿Quién, pues, le había hablado a Cristo? Su Padre. Con todo, no hay registro de ello; y esto debe enseñarnos que Jesús tenía comunión constante con su Padre, y que Dios le hablaba al corazón tan a menudo, tan continuamente, que no era circunstancia bastante singular para quedar registrada. Era el hábito y la vida de Jesús hablar con Dios. Así como Jesús fue en este mundo, así somos nosotros; aprendamos, pues, la lección que nos enseña esta sencilla declaración acerca de él. Que tengamos también nosotros comunión silenciosa con el Padre, de modo que a menudo le respondamos, y aunque el mundo no sepa a quién hablamos, respondamos a aquella voz secreta que ningún otro oído oye, y que nuestro propio oído, abierto por el Espíritu de Dios, reconoce con gozo. Dios nos ha hablado; hablemos a Dios: ya para poner nuestro sello de que Dios es verdadero y fiel a su promesa, ya para confesar el pecado del cual el Espíritu de Dios nos ha convencido, ya para reconocer la misericordia que la providencia de Dios ha dado, ya para expresar asentimiento a las grandes verdades que Dios el Espíritu Santo ha abierto a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es la comunión íntima con el Padre de nuestros espíritus! Es un secreto escondido del mundo, un gozo en el cual ni el amigo más cercano se entromete. Si queremos oír los susurros del amor de Dios, nuestro oído ha de ser purificado y dispuesto para escuchar su voz. Que esta misma tarde estén nuestros corazones en tal estado, que cuando Dios nos hable, nosotros, como Jesús, estemos preparados al instante para responderle.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde