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3 de febrero

Mañana

Romanos 8:12«Así que, hermanos, deudores somos»

Como criaturas de Dios, todos le somos deudores: de obedecerle con todo nuestro cuerpo, y alma, y fuerza. Habiendo quebrantado sus mandamientos, como todos lo hemos hecho, somos deudores a su justicia, y le debemos una suma vastísima que no podemos pagar. Pero del cristiano puede decirse que no debe nada a la justicia de Dios, porque Cristo ha pagado la deuda que debía su pueblo; por esta razón, el creyente debe tanto más al amor. Soy deudor a la gracia de Dios y a su misericordia perdonadora; pero no soy deudor a su justicia, porque jamás me acusará de una deuda ya pagada. Cristo dijo: «Consumado es», y con ello quiso decir que todo cuanto su pueblo debía fue borrado para siempre del libro de la memoria. Cristo ha satisfecho plenamente la justicia divina; la cuenta está saldada; el escrito está clavado en la cruz; el recibo está dado, y ya no somos deudores a la justicia de Dios. Pero entonces, porque no somos deudores de nuestro Señor en ese sentido, venimos a ser diez veces más deudores a Dios de lo que habríamos sido de otro modo. Cristiano, detente y medita un momento. ¡Qué deudor eres a la soberanía divina! ¡Cuánto debes a su amor desinteresado, pues dio a su propio Hijo para que muriera por ti! Considera cuánto debes a su gracia perdonadora: que después de diez mil afrentas te ama tan infinitamente como siempre. Considera lo que debes a su poder: cómo te ha levantado de tu muerte en el pecado; cómo ha preservado tu vida espiritual; cómo te ha guardado de caer; y cómo, aunque mil enemigos han cercado tu senda, has podido seguir tu camino. Considera lo que debes a su inmutabilidad. Aunque tú has cambiado mil veces, él no ha cambiado una sola. Estás tan hondo en deuda como puedes estarlo, para con cada atributo de Dios. A Dios le debes tu propio ser y todo cuanto tienes: preséntate como sacrificio vivo; no es sino tu servicio racional.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Cantares 1:7«Hazme saber, ó tú á quien ama mi alma, dónde repastas, dónde haces tener majada al medio día»

Estas palabras expresan el deseo del creyente en pos de Cristo, y su anhelo de comunión presente con él. ¿Dónde apacientas tu rebaño? ¿En tu casa? Iré, si puedo hallarte allí. ¿En la oración privada? Entonces oraré sin cesar. ¿En la Palabra? Entonces la leeré con diligencia. ¿En tus ordenanzas? Entonces andaré en ellas con todo mi corazón. Dime dónde apacientas, porque dondequiera que estés como el Pastor, allí me recostaré como oveja; pues nadie sino tú mismo puede suplir mi necesidad. No puedo contentarme con estar apartado de ti. Mi alma tiene hambre y sed del refrigerio de tu presencia. «¿Dónde haces tener majada al medio día?» Pues, sea al alba o al mediodía, mi único reposo ha de ser donde estás tú y tu rebaño amado. El reposo de mi alma ha de ser un reposo dado por la gracia, y solo en ti puede hallarse. ¿Dónde está la sombra de aquella peña? ¿Por qué no habría yo de reposar debajo de ella? «¿por qué había yo de estar como vagueando tras los rebaños de tus compañeros?» Tú tienes compañeros: ¿por qué no he de ser yo uno? Satanás me dice que soy indigno; pero siempre fui indigno, y con todo hace mucho que me amas; y por eso mi indignidad no puede ser un obstáculo para tener ahora comunión contigo. Es verdad que soy débil en la fe y propenso a caer, pero mi misma flaqueza es la razón por la que siempre debo estar donde apacientas tu rebaño, a fin de ser fortalecido y guardado en seguridad junto a las aguas de reposo. ¿Por qué habría de apartarme? No hay razón alguna para que lo haga, pero hay mil razones para que no lo haga, pues Jesús me hace señas de que venga. Si él se retiró un poco, no es sino para hacerme estimar más su presencia. Ahora que estoy afligido y angustiado por estar lejos de él, él me conducirá otra vez a aquel rincón abrigado donde los corderos de su redil están al abrigo del sol ardiente.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde