17 de enero
Mañana
Apocalipsis 14:1«Y miré, y he aquí, el Cordero estaba sobre el monte de Sión»El apóstol Juan tuvo el privilegio de mirar dentro de las puertas del cielo y, al describir lo que vio, comienza diciendo: «¡Miré, y he aquí un Cordero!». Esto nos enseña que el objeto principal de contemplación en el estado celestial es «el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo». Ninguna otra cosa atrajo tanto la atención del apóstol como la persona de aquel Ser divino que nos ha redimido por su sangre. Él es el tema de los cánticos de todos los espíritus glorificados y de los santos ángeles. Cristiano, aquí hay gozo para ti: has mirado, y has visto al Cordero. A través de tus lágrimas, tus ojos han visto al Cordero de Dios quitando tus pecados. Regocíjate, pues. Dentro de poco, cuando a tus ojos se les hayan enjugado las lágrimas, verás al mismo Cordero exaltado en su trono. Es el gozo de tu corazón tener cada día comunión con Jesús; tendrás el mismo gozo en un grado más alto en el cielo; gozarás de la visión constante de su presencia; morarás con él para siempre. «¡Miré, y he aquí un Cordero!». Pues ese Cordero es el cielo mismo; porque, como dice el buen Rutherford, «El cielo y Cristo son la misma cosa»; «estar con Cristo» es estar en el cielo, y estar en el cielo es «estar con Cristo». Aquel prisionero del Señor escribe con mucha dulzura en una de sus cartas ardientes: «Oh Señor mío Jesucristo, si yo pudiera estar en el cielo sin ti, sería un infierno; y si pudiera estar en el infierno y tenerte todavía, sería para mí un cielo, porque tú eres todo el cielo que quiero». Es verdad, ¿no es así, cristiano? ¿No lo dice tu alma?
No todas las arpas de lo alto pueden hacer un lugar celestial, si Dios su residencia retira, o si tan solo esconde su rostro.
Todo lo que necesitas para ser bienaventurado, supremamente bienaventurado, es «estar con Cristo».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
2 Samuel 11:2«Y acaeció que levantándose David de su cama á la hora de la tarde, paseábase por el terrado de la casa real»A aquella hora David vio a Betsabé. Nunca estamos fuera del alcance de la tentación. Tanto en casa como fuera estamos expuestos a encontrar atractivos hacia el mal; la mañana se abre con peligro, y las sombras de la tarde nos hallan todavía en riesgo. Bien guardados están aquellos a quienes Dios guarda, pero ¡ay de los que salen al mundo, o aun se atreven a andar por su propia casa, sin armas! Los que se creen seguros están más expuestos al peligro que cualesquiera otros. El escudero del Pecado es la Confianza en sí mismo.
David debería haber estado ocupado en pelear las batallas del Señor; en lugar de eso, se quedó en Jerusalén y se entregó a un reposo lujoso, pues se levantó de su cama al anochecer. La ociosidad y el lujo son los chacales del diablo, y le hallan presa abundante. En las aguas estancadas pululan criaturas nocivas, y el suelo descuidado pronto produce una maraña densa de malas hierbas y zarzas. ¡Oh, si el amor de Jesús, que constriñe, nos mantuviera activos y útiles! Cuando veo al rey de Israel dejar con pereza su lecho al cierre del día, y caer enseguida en tentación, que yo tome la advertencia y ponga santa vigilancia a guardar la puerta.
¿Es posible que el rey hubiera subido a su terrado para el recogimiento y la devoción? Si es así, ¡qué cautela se nos da, de no contar ningún lugar, por secreto que sea, como santuario contra el pecado! Mientras nuestros corazones sean tan parecidos a un yesquero, y las chispas tan abundantes, nos es preciso usar toda diligencia en todo lugar para evitar un incendio. Satanás puede trepar a los terrados y entrar en los aposentos; y aunque pudiéramos excluir a ese inmundo demonio, nuestras propias corrupciones bastan para obrar nuestra ruina, a menos que la gracia lo impida. Lector, cuídate de las tentaciones de la tarde. No te tengas por seguro. El sol se ha puesto, pero el pecado está en pie. Necesitamos un centinela para la noche tanto como un guardián para el día. Oh Espíritu bendito, guárdanos de todo mal esta noche. Amén.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde