15 de enero
Mañana
2 Samuel 7:25«haz conforme á lo que has dicho»Las promesas de Dios nunca fueron dadas para echarse a un lado como papel de desecho; él quiso que se usaran. El oro de Dios no es dinero de avaro, sino que está acuñado para negociar con él. Nada agrada más a nuestro Señor que ver sus promesas puestas en circulación; le encanta ver a sus hijos presentárselas y decir: Señor, «haz conforme á lo que has dicho». Glorificamos a Dios cuando alegamos sus promesas. ¿Piensas que Dios será en algo más pobre por darte las riquezas que ha prometido? ¿Sueñas que será en algo menos santo por darte santidad? ¿Imaginas que será en algo menos puro por lavarte de tus pecados? Él ha dicho: «Venid luego, dirá Jehová, y estemos á cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán á ser como [blanca] lana.» La fe echa mano de la promesa del perdón, y no se demora diciendo: «Esta es una promesa preciosa; me pregunto si será verdad», sino que va derecha al trono con ella y alega: Señor, aquí está la promesa, «haz conforme á lo que has dicho». Nuestro Señor responde: «sea hecho contigo como quieres». Cuando un cristiano ase una promesa, si no la lleva a Dios, lo deshonra; pero cuando se apresura al trono de la gracia y clama: «Señor, no tengo nada que me recomiende sino esto: “Tú lo has dicho”», entonces su deseo le será concedido. Nuestro Banquero celestial se deleita en hacer efectivos sus propios pagarés. Nunca dejes que la promesa se oxide. Saca la espada de la promesa de su vaina, y úsala con santa violencia. No pienses que Dios habrá de molestarse porque le recuerdes sus promesas con importunidad. Le encanta oír los fuertes clamores de las almas necesitadas. Es su deleite otorgar favores. Está más dispuesto a oír que tú a pedir. El sol no se cansa de brillar, ni la fuente de fluir. Es la naturaleza de Dios cumplir sus promesas; por tanto, ve enseguida al trono con «haz conforme á lo que has dicho».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Salmos 109:4«mas yo oraba»Las lenguas mentirosas se afanaban contra la reputación de David, pero él no se defendió; pasó la causa a un tribunal más alto, y alegó ante el gran Rey mismo. La oración es el método más seguro de responder a las palabras de odio. El salmista no oró con corazón frío: se entregó al ejercicio, arrojó en él toda su alma y todo su corazón, tensando cada tendón y cada músculo, como hizo Jacob al luchar con el ángel. Así, y solo así, tendrá éxito ante el trono de la gracia cualquiera de nosotros. Como la sombra no tiene poder porque no hay en ella sustancia alguna, así también aquella súplica en la que el yo propio del hombre no está del todo presente, con fervor agonizante y deseo vehemente, es del todo ineficaz, porque le falta aquello que le daría fuerza. «La oración ferviente», dice un antiguo teólogo, «como un cañón plantado a las puertas del cielo, las hace saltar abiertas». La falta común de la mayoría de nosotros es nuestra facilidad para ceder a las distracciones. Nuestros pensamientos vagan de aquí para allá, y avanzamos poco hacia el fin que deseamos. Como el azogue, la mente no se mantiene unida, sino que rueda hacia un lado y hacia el otro. ¡Qué mal tan grande es este! Nos daña y, lo que es peor, insulta a nuestro Dios. ¿Qué pensaríamos de un suplicante si, mientras tiene audiencia con un príncipe, se pusiera a jugar con una pluma o a cazar una mosca?
En la expresión de nuestro texto se entienden la continuidad y la perseverancia. David no clamó una vez y luego recayó en el silencio; su santo clamor siguió hasta hacer descender la bendición. La oración no ha de ser para nosotros un quehacer del acaso, sino nuestro negocio de cada día, nuestro hábito y nuestra vocación. Como los artistas se entregan a sus modelos, y los poetas a sus estudios clásicos, así debemos entregarnos por entero a la oración. Hemos de estar inmersos en la oración como en nuestro elemento, y así orar sin cesar. Señor, enséñanos a orar de tal modo que prevalezcamos más y más en la súplica.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde