4 de enero
Mañana
2 Pedro 3:18«Mas creced en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.»«Creced en la gracia»: no en una sola gracia, sino en toda gracia. Crece en aquella gracia que es raíz, la fe. Cree las promesas con más firmeza de lo que lo has hecho. Que la fe aumente en plenitud, en constancia, en sencillez. Crece también en el amor. Pide que tu amor se vuelva más extenso, más intenso, más práctico, de modo que influya en cada pensamiento, palabra y obra. Crece igualmente en la humildad. Procura yacer muy bajo, y conocer más tu propia nada. Conforme creces hacia abajo en la humildad, procura también crecer hacia arriba: con acercamientos más próximos a Dios en la oración y una comunión más íntima con Jesús. Que Dios el Espíritu Santo te capacite para «crecer en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador». Quien no crece en el conocimiento de Jesús, rehúsa ser bendecido. Conocerlo es «vida eterna», y avanzar en el conocimiento de él es crecer en felicidad. Quien no anhela conocer más de Cristo, todavía no conoce nada de él. Quienquiera que haya probado un sorbo de este vino, tendrá sed de más; porque, aunque Cristo sí sacia, es una satisfacción tal que el apetito no se hastía, sino que se aguza. Si conoces el amor de Jesús, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así bramarás por tragos más hondos de su amor. Si no deseas conocerlo mejor, entonces no lo amas, porque el amor siempre clama: «Más cerca, más cerca». La ausencia de Cristo es infierno; pero la presencia de Jesús es cielo. No te quedes, pues, contento sin un conocimiento creciente de Jesús. Procura conocer más de él en su naturaleza divina, en su relación humana, en su obra consumada, en su muerte, en su resurrección, en su presente intercesión gloriosa y en su futura venida real. Permanece bien junto a la cruz, y escudriña el misterio de sus heridas. Un aumento del amor a Jesús, y una aprehensión más perfecta de su amor hacia nosotros, es una de las mejores pruebas del crecimiento en la gracia.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Génesis 42:8«José, pues, conoció á sus hermanos; pero ellos no le conocieron.»Esta mañana nuestros deseos salieron en pos del crecimiento en nuestro conocimiento del Señor Jesús; bien puede ser, esta noche, considerar un tema afín, a saber, el conocimiento que nuestro José celestial tiene de nosotros. Este fue, de la manera más bienaventurada, perfecto mucho antes de que tuviéramos el más leve conocimiento de él. «Sus ojos vieron nuestra sustancia, aún imperfecta, y en su libro estaban escritos todos nuestros miembros, cuando todavía no existía ninguno de ellos.» Antes de tener un ser en el mundo, teníamos un ser en su corazón. Cuando éramos enemigos suyos, él nos conocía: nuestra miseria, nuestra locura y nuestra maldad. Cuando llorábamos con amargura en un arrepentimiento desesperado, y lo veíamos solo como juez y como gobernante, él nos veía como a sus hermanos muy amados, y sus entrañas se conmovían por nosotros. Nunca se equivocó con sus escogidos, sino que siempre los contempló como objetos de su afecto infinito. «Conoce el Señor á los que son suyos» es tan verdadero de los pródigos que apacientan cerdos como de los hijos que se sientan a la mesa.
Pero, ¡ay!, nosotros no conocíamos a nuestro Hermano real, y de esta ignorancia brotó una hueste de pecados. Le retuvimos nuestros corazones, y no le dimos entrada en nuestro amor. Desconfiamos de él, y no dimos crédito a sus palabras. Nos rebelamos contra él, y no le rendimos homenaje de amor. El Sol de justicia resplandeció, y no pudimos verlo. El cielo descendió a la tierra, y la tierra no lo percibió. Alabado sea Dios: esos días ya pasaron para nosotros; sin embargo, aun ahora es poco lo que sabemos de Jesús, comparado con lo que él sabe de nosotros. Apenas hemos comenzado a estudiarlo, pero él nos conoce por completo. Es una circunstancia bienaventurada que la ignorancia no esté de su parte, porque entonces sería un caso sin esperanza para nosotros. No nos dirá: «Nunca os conocí», sino que confesará nuestros nombres en el día de su aparición, y entretanto se manifestará a nosotros como no se manifiesta al mundo.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde