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11 de abril

Mañana

Salmos 22:14«Heme escurrido como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron»

¿Contemplaron jamás la tierra o el cielo un espectáculo de dolor más triste? En alma y cuerpo, nuestro Señor se sintió débil como agua derramada sobre el suelo. El colocar la cruz en su encaje lo había sacudido con gran violencia, había tensado todos los ligamentos, dolido cada nervio y dislocado más o menos todos sus huesos. Cargado con su propio peso, el augusto paciente sentía la tensión crecer a cada momento de aquellas seis largas horas. Su sentido de desmayo y de debilidad general era abrumador; mientras que para su propia conciencia no llegaba a ser sino una masa de miseria y de enfermedad desvanecedora. Cuando Daniel vio la gran visión, describe así sus sensaciones: «no quedó en mí esfuerzo; antes mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno.» ¡Cuánto más desmayado debió de estar nuestro Profeta mayor cuando vio la visión temible de la ira de Dios y la sintió en su propia alma! Para nosotros, sensaciones como las que soportó nuestro Señor habrían sido insoportables, y una inconciencia bondadosa habría venido a nuestro rescate; pero en su caso, fue herido y sintió la espada; apuró la copa y gustó cada gota.

¡Oh Rey del Dolor! (título extraño, y con todo verdadero, a ti, de todos los reyes, el único debido) ¡Oh Rey de las Heridas! ¿cómo he de llorarte, tú que en todo dolor vas delante de mí?

Al arrodillarnos ante el trono de nuestro Salvador, ahora ascendido, recordemos bien el camino por el cual lo preparó como trono de gracia para nosotros; bebamos en espíritu de su copa, para ser fortalecidos para nuestra hora de pesadumbre, cuandoquiera que venga. En su cuerpo natural padeció cada miembro, y así ha de ser en el espiritual; pero como de todos sus dolores y males su cuerpo salió ileso a la gloria y al poder, así también su cuerpo místico saldrá del horno sin que ni olor de fuego haya pasado por él.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Salmos 25:18«Mira mi aflicción y mi trabajo: y perdona todos mis pecados.»

Nos va bien cuando las oraciones acerca de nuestros dolores van unidas a ruegos acerca de nuestros pecados: cuando, estando bajo la mano de Dios, no estamos del todo absorbidos por nuestro dolor, sino que recordamos nuestras ofensas contra Dios. Nos va bien, también, llevar tanto el dolor como el pecado al mismo lugar. Fue a Dios a quien David llevó su dolor; fue a Dios a quien David confesó su pecado. Observa, pues: hemos de llevar nuestros dolores a Dios. Aun tus dolores pequeños puedes echarlos sobre Dios, porque él cuenta los cabellos de tu cabeza; y tus grandes dolores puedes encomendarle, porque él tiene el océano en el hueco de su mano. Ve a él, sea cual sea tu aflicción presente, y lo hallarás capaz y dispuesto a aliviarte. Pero también hemos de llevar nuestros pecados a Dios. Hemos de llevarlos a la cruz, para que la sangre caiga sobre ellos, para purgar su culpa y destruir su poder contaminante.

La lección especial del texto es esta: que hemos de ir al Señor con los dolores y con los pecados en el espíritu debido. Nota que todo lo que David pide acerca de su dolor es: «Mira mi aflicción y mi trabajo»; pero la petición siguiente es muchísimo más expresa, definida, decidida, llana: «perdona todos mis pecados.» Muchos que sufren lo habrían puesto así: «Quita mi aflicción y mi trabajo, y mira mis pecados.» Pero David no dice eso; clama: «Señor, en cuanto a mi aflicción y mi trabajo, no dictaré a tu sabiduría. Señor, míralos; te los dejaré. Me alegraría de que me quitaran el dolor, pero haz como quieras; mas en cuanto a mis pecados, Señor, sé lo que quiero de ellos: he de tenerlos perdonados; no puedo soportar yacer bajo su maldición ni un momento.» El cristiano cuenta el dolor más ligero en la balanza que el pecado; puede soportar que sus aflicciones continúen, pero no puede sostener la carga de sus transgresiones.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde