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25 de enero

Mañana

Isaías 63:7«De las misericordias de Jehová haré memoria, de las alabanzas de Jehová, conforme á todo lo que Jehová nos ha dado»

¿Y no puedes hacer esto? ¿No hay misericordias que hayas experimentado? ¡Qué! Aunque ahora estés sombrío, ¿puedes olvidar aquella hora bienaventurada en que Jesús te salió al encuentro y dijo: «Ven a mí»? ¿No puedes recordar aquel momento de arrobamiento en que rompió tus grillos, arrojó tus cadenas por tierra y dijo: «Vine a romper tus ataduras y a dejarte libre»? O si el amor de tu desposorio ha quedado en el olvido, seguramente ha de haber algún mojón precioso a lo largo del camino de la vida, no del todo cubierto de musgo, en el cual puedas leer un memorial dichoso de su misericordia para contigo. ¡Qué! ¿Nunca tuviste una enfermedad como la que ahora padeces, y no te restauró él? ¿Nunca fuiste pobre antes, y no suplió él tus necesidades? ¿Nunca estuviste antes en aprietos, y no te libró él? Levántate, ve al río de tu experiencia, arranca unos cuantos juncos y trénzalos en un arca, en la cual tu niño —la fe— pueda flotar a salvo sobre la corriente. No olvides lo que tu Dios ha hecho por ti; pasa las hojas del libro de tu memoria, y considera los días de antaño. ¿No puedes recordar el collado de Mizar? ¿Nunca se encontró el Señor contigo en el Hermón? ¿Nunca has subido a los Montes Deleitosos? ¿Nunca has sido socorrido en tiempo de necesidad? No; yo sé que sí. Vuelve, pues, un poco atrás, a las misericordias escogidas de ayer y, aunque ahora todo esté oscuro, enciende las lámparas del pasado: resplandecerán a través de las tinieblas, y confiarás en el Señor hasta que apunte el día y huyan las sombras. «Acuérdate, oh Jehová, de tus conmiseraciones y de tus misericordias, que son perpetuas.»

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana

Tarde

Romanos 3:31«¿Luego deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera; antes establecemos la ley.»

Cuando el creyente es adoptado en la familia del Señor, su relación con el viejo Adán y con la ley cesa al instante; pero entonces queda bajo una nueva regla y un nuevo pacto. Creyente, eres hijo de Dios; tu primer deber es obedecer a tu Padre celestial. Con un espíritu servil no tienes nada que ver: no eres esclavo, sino hijo; y ahora, por cuanto eres un hijo amado, estás obligado a obedecer el deseo más leve de tu Padre, la menor insinuación de su voluntad. ¿Te manda cumplir una ordenanza sagrada? La descuidas a tu propio riesgo, porque estarás desobedeciendo a tu Padre. ¿Te manda buscar la imagen de Jesús? ¿No es tu gozo hacerlo? ¿Te dice Jesús: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto»? Entonces, no porque la ley lo mande, sino porque tu Salvador lo ordena, te esforzarás por ser perfecto en santidad. ¿Manda él a sus santos que se amen unos a otros? Hazlo, no porque la ley diga: «Amarás á tu prójimo», sino porque Jesús dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos»; y este es el mandamiento que él te ha dado: «Que os améis unos á otros». ¿Se te dice que repartas a los pobres? Hazlo, no porque la caridad sea una carga de la que no te atreves a zafarte, sino porque Jesús enseña: «Al que te pidiere, dale». ¿Dice la Palabra: «Amarás a Dios con todo tu corazón»? Mira el mandamiento y respóndele: «¡Ah, mandamiento! Cristo ya te ha cumplido. No tengo, pues, necesidad de cumplirte para mi salvación, pero me gozo en rendirte obediencia porque Dios es ahora mi Padre, y tiene un derecho sobre mí que yo no disputaría.» Que el Espíritu Santo haga tu corazón obediente al poder que constriñe del amor de Cristo, para que tu oración sea: «Guíame por la senda de tus mandamientos; porque en ella tengo mi voluntad.» La gracia es la madre y la nodriza de la santidad, y no la defensora del pecado.

Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde