10 de enero
Mañana
2 Timoteo 4:8«me está guardada la corona de justicia»¡Tú que dudas! Muchas veces has dicho: «Temo que nunca entraré en el cielo». ¡No temas! Todo el pueblo de Dios entrará allí. Amo el dicho singular de un moribundo, que exclamó: «No temo ir a casa; lo he enviado todo por delante; el dedo de Dios está sobre el picaporte de mi puerta, y estoy listo para que él entre». «Pero», dijo uno, «¿no temes perder tu herencia?». «No», dijo él, «no; hay una corona en el cielo que el ángel Gabriel no podría llevar; no le queda bien a ninguna cabeza sino a la mía. Hay un trono en el cielo que el apóstol Pablo no podría ocupar; fue hecho para mí, y yo lo tendré». ¡Oh cristiano, qué pensamiento gozoso! Tu porción está segura; «queda un reposo». «¿Pero no puedo perderlo?». No, es mayorazgo. Si soy hijo de Dios, no lo perderé. Es mío con tanta seguridad como si ya estuviera allí. Ven conmigo, creyente, y sentémonos en la cumbre del Nebo, y contemplemos la tierra buena, esto es, Canaán. ¿Ves aquel riachuelo de la muerte que brilla a la luz del sol, y al otro lado ves los pináculos de la ciudad eterna? ¿Adviertes el país agradable y a todos sus moradores gozosos? Sabe, pues, que si pudieras volar hasta allá, verías escrito sobre una de sus muchas moradas: «Esto permanece para tal persona; guardado solo para él. Será arrebatado para morar para siempre con Dios». Pobre tú que dudas, mira la hermosa herencia; es tuya. Si crees en el Señor Jesús, si te has arrepentido del pecado, si has sido renovado en el corazón, eres uno del pueblo del Señor, y hay un lugar reservado para ti, una corona guardada para ti, un arpa preparada especialmente para ti. Nadie más tendrá tu porción; está reservada en el cielo para ti, y la tendrás muy pronto, porque no habrá tronos vacíos en la gloria cuando todos los escogidos sean recogidos.
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la mañana
Tarde
Job 19:26«aun he de ver en mi carne á Dios»Fíjate en el objeto de la devota anticipación de Job: «veré a Dios». No dice: «veré a los santos» —aunque sin duda eso será dicha indecible—, sino: «veré a Dios». No es: «veré las puertas de perla, contemplaré los muros de jaspe, miraré las coronas de oro», sino: «veré a Dios». Esta es la suma y la sustancia del cielo; esta es la esperanza gozosa de todos los creyentes. Es su deleite verlo ahora en las ordenanzas, por la fe. Aman contemplarlo en la comunión y en la oración; pero allí, en el cielo, tendrán una visión abierta y sin nubes, y así, viéndolo «como él es», serán hechos completamente semejantes a él. La semejanza con Dios: ¿qué más podemos desear? Y una visión de Dios: ¿qué podemos anhelar que sea mejor? Algunos leen el pasaje: «Con todo, veré a Dios en mi carne», y hallan aquí una alusión a Cristo, como el «Verbo hecho carne», y aquella gloriosa contemplación de él que será el esplendor de los postreros días. Sea así o no, es cierto que Cristo será el objeto de nuestra visión eterna; ni jamás nos faltará gozo alguno más allá del de verlo. No pienses que esta será una esfera estrecha en la cual more la mente. No es sino una fuente de deleite, pero esa fuente es infinita. Todos sus atributos serán materia de contemplación, y como él es infinito bajo cada aspecto, no hay temor de que se agote. Sus obras, sus dones, su amor hacia nosotros y su gloria en todos sus designios y en todas sus acciones: estos formarán un tema que será siempre nuevo. El patriarca esperaba esta visión de Dios como un goce personal. «Mis ojos lo verán, y no otro». Fórmate una idea viva de la dicha del cielo; piensa en lo que será para ti. «Tus ojos verán al Rey en su hermosura». Todo brillo terrenal se apaga y se oscurece mientras lo contemplamos, pero aquí hay un brillo que jamás puede empañarse, una gloria que jamás puede desvanecerse: «veré a Dios».
Charles H. Spurgeon, Mañana y tarde. Dominio público. Fuente original de la tarde